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	<title>Capítulos archivo - Tito Garraf</title>
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	<description>Especialista en meterse en líos.</description>
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	<title>Capítulos archivo - Tito Garraf</title>
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		<title>Capítulo 7    Despe, me voy</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tito Garraf]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Nov 2021 13:39:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Acantilado]]></category>
		<category><![CDATA[Cadaqués]]></category>
		<category><![CDATA[Costa Brava]]></category>
		<category><![CDATA[Sol y sombra]]></category>
		<category><![CDATA[Tito Garraf]]></category>
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					<description><![CDATA[<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Años antes de que intimara con las señoritas Kundalini y Gigliola, mi profesora de yoga y vecina de rellano respectivamente, las relaciones entre la Despe y yo ya eran malas: vacuas, insulsas y </strong><strong>rotundamente </strong><strong>decepcionantes. &nbsp;Los tres únicos motivos que sustentaban nuestra convivencia eran por este orden, el económico, el temor a la soledad (al desamparo para ser más exactos), y por último la inercia.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Dormíamos en habitaciones separadas, comíamos a horas diferentes y hablábamos lo justo para constatar que, aunque muy a pesar nuestro pero por las mismas razones, yo necesitaba de ella y ella de mí.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Cierto es que hubo un día en que nos quisimos. También lo es que el amor duró bastante. Pero no es menos cierto que después de unos años, el querernos se convirtió en costumbre y la costumbre en rutina, hasta que llegó un punto de no retorno en el que por pura conveniencia, preferimos seguir viviendo juntos a pesar de la mutua aversión. En el fondo era puro egoísmo: nos tranquilizaba saber que si a uno de le daba un vahído o resbalaba en la ducha, el otro avisaría a una ambulancia o apretaría el botón de socorro de los servicios de teleasistencia. Bien mirado eran razones de peso. Nunca lo hablamos abiertamente, pero estoy convencido de que cada cual por su parte había reflexionado sobre ello y convergíamos en lo mismo: aquella forma de coexistir, no tan solo era la menos mala para los dos, sino la única viable dadas las adversas circunstancias y los pocos años que nos quedaban de vida.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;&nbsp;No era infrecuente, que con cualquier pretexto confuso que ni siquiera nos esforzábamos en legitimar, cuando la gota estaba a punto de colmar el vaso, nos separáramos un tiempo para mitigar asperezas, amortiguar resentimientos, y regresar al redil al cabo de un tiempo con energías renovadas, y el coraje suficiente para mantener aquel acuerdo tácito que nos mantenía vinculados. Vivir bajo el mismo techo ─los dos lo sabíamos─, suponía sin lugar a dudas el mejor salvoconducto para evitar la residencia de ancianos.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Hacía ya algunas semanas que nuestra relación iba de mal en peor y nuestro ciclo había alcanzado su punto más álgido. Tocaba airearse, poner distancia de por medio y liberarme durante unos días del sometimiento al que, por razones prácticas, me había doblegado y soportaba con resignación.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Así que bajé del altillo mi pequeña maleta de plástico negra con ruedas (de esas que cuestan menos de cincuenta euros en la tienda del chino, las cremalleras de cierre te duran lo que dura el viaje y el escándalo que forman al arrastrarlas por la acera, reclama la atención transeúntes y comerciantes en un radio de como mínimo cien metros). Bajé la maleta ─decía─, y metí lo necesario para pasar una semana fuera de casa. A saber: &nbsp;el imprescindible cepillo eléctrico Oral-B de mil quinientas revoluciones por minuto; la pasta para encías sensibles y la otra blanqueante que destroza el esmalte; unos cuantos calzoncillos bóxer holgados de los que no marcan paquete, y otros tantos talla M elásticos de los que se ciñen al cuerpo y sí que lo marcan; tres camisas de manga corta estilo hawaiano; tres polos de vivos colores imitación Lacoste; dos pantalones bermudas; mis sandalias Panamá Jack (también de imitación) y unos calcetines blancos de punto por si en algún momento me apetecía hacerme pasar por guiri. “Como eres tan tuyo y en el fondo un cachondo ─ me dije ─, igual te da por montar una performance o intentar ligar vestido de esa guisa imitando acento inglés, francés o alemán”. También cogí un par de bañadores hidrófobos de corte muy juvenil, secado ultra rápido y que me sentaban muy bien; dos toallas y un pareo grande de algodón fino con un mandala estampado en tonos pastel.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>En uno de los laterales del neceser, junto al bote de colonia Nenuco, metí las cajas de todas las pastillas que me venía tomando para cada uno de los diferentes trastornos y dolencias de las que era afecto. Por último, con poca convicción mas con algo de esperanza, por si acaso sonaba la flauta y alguna mujer tenía a bien pasar conmigo un ratito agradable, en un bolsillo interior metí un condoncito, (caducado por cierto, pero condoncito al fin y al cabo).</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Despe, me piro a casa de mi hija ─ le mentí ─. La he llamado esta mañana para saber cómo estaba, y como hace tiempo que no nos vemos me ha sugerido que la fuera a visitar y me quedara unos días. Así tendré tiempo de disfrutar de mi nieta. Le explicaré cuentos, la llevaré al parque, &nbsp;le compraré chuches y, en fin, haré todas esas cosas que se supone que debe hacer un abuelo.&nbsp;</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿A casa de Amelia? Bueno, como tú veas. Preferiría que fuéramos los dos ─me mintió ella también─, pero si quieres ir solo no tengo nada que objetar. Te irá bien salir de Barcelona y respirar aire puro. ¿Ya te llevas las pastillas?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Todo el cargamento.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Las de la tensión?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Sí</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Las del corazón?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ También.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Las de la artrosis?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ También, también.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>− ¿Paracetamol? ¿Ibuprofeno? nunca se sabe…</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>− Que sí, mujer, que me llevo un montón de pastillas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Y las de dormir? ¿Ya te llevas las de dormir?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Y las de despertarme, ¡pesada!</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Bueno pues hala, arreando que es gerundio. Vete con cuidado al cruzar la calle, y mejor coge un taxi que te deje en la puerta que con los autobuses te haces un lío y nunca coges el que toca. Acuérdate de llamar cuando llegues. Venga, cuídate, adiós, adiós, adiós ─ me iba repitiendo, acompañándome a empujoncitos hasta la puerta de salida mientras me ponía la chaqueta.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Ya en la calle, anduve doscientos metros; doblé a la derecha; me metí en un bar; pedí un sol y sombra doble con hielo con unas patatas fritas, y pasé al baño a cambiarme, para salir a los pocos minutos ataviado con unos bermudas color pistacho y una camisa hawaiana estampada con dibujos de palmeras, tablas de surf de diferentes tamaños y un par de tucanes de enorme pico y colorido plumaje (como viene siendo habitual desde hace milenios, en todos los tucanes que pueblan la redondez de la tierra).</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ ¡Vaya, Nenuco! ─ profirió el camarero cuando me acerqué a la barra − Diga que sí caballero, es la mejor. Cuando se tiene una edad, usar esta colonia parece que le mantenga a uno joven. A mí me traslada a épocas pretéritas; a los tiempos en que se la ponía a mis hijos, y aún más atrás, cuando siendo yo un niño, mi madre me peinaba con aquel esmero y cariño que sólo se reconoce en las madres de antaño. No como las de hoy, que andan todo el día con el móvil en la mano y se desentienden con desmedida frecuencia del aseo, pulcritud y para serle sincero, de la educación de sus hijos. ¡Dónde iremos a parar! –Exclamó contrariado, dirigiendo la mirada hacia el techo como esperando respuesta─. Pero la colonia ahí sigue, oiga. Hay que ver los años que hace que la venden y el éxito que sigue teniendo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ La mejor, estamos de acuerdo─ me limité a subrayar bebiéndome el sol y sombra de un trago, mientras con la mano hacía como que escribía en el aire para pedirle la cuenta.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Invita la casa, caballero. Aproveche y diviértase que la vida son cuatro días. ¿Se va de vacaciones verdad? Que envidia me da. ¿Es usted separado, divorciado, viudo?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Las tres cosas durante los próximos días − le respondí − Y después de agradecerle la invitación con una media reverencia al estilo japonés, salí del bar, paré un taxi, y una vez dentro me preguntó el conductor:</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Buenas, ¿a dónde vamos?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ A Cadaqués.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿A la calle Cadaqués? ¿En el barrio de Sants?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ No, al pueblo. Cadaqués: Costa Brava.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Donde nació Dalí, el escultor?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Era pintor y no nació en Cadaqués, pero bueno, hablamos del mismo sitio.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¡Esto le va a costar un pastón!</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Pues alégrese, taxista, cobrará usted una buena carrera. Pise a fondo que quiero llegar cuanto antes─. Y tal como terminé de decirlo, recosté mi cabeza en el cristal de la ventana y me quedé dormido por efecto de la mezcla de la medicación y el sol y sombra que me había metido entre pecho y espalda.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Llegados a Cadaqués, despedí el taxi y me alojé en un coqueto hotelito en el centro del pueblo regentado por Astrid y Albert Müller: una pareja de alemanes ya entrados en edad, fanes Dalí, que en un viaje que realizaron a España con la intención de visitar su museo en Figueres, y a ser posible conocer al pintor en persona, se enamoraron del pueblo y decidieron quedarse a vivir. Ella cenceña, algo curvada de hombros, las líneas de expresión muy marcadas y de un moreno subido por la acumulación de horas tomando el sol en la playa. Su media melena canosa, contrastaba con la calva de su marido Albert: fornido, rechoncho y con una barriga cervecera de piel fofa que albergaba una gruesa capa de sebo alrededor de su cintura. Me parecieron entrañables los dos.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Desde mi pequeña habitación con balcón, decorada con gusto exquisito combinando los estilos de una antigua casa de pueblo marinero y la sencillez, funcionalidad y armonía inconfundibles del interiorismo escandinavo, se vislumbraban los techos de teja de las casas del pueblo encaladas, todas, del mismo blanco refulgente. Al fondo, frente al paseo donde desembocaban algunas de las estrechas callejuelas de suelo empedrado, la bahía azul turquesa, salpicada de barcas de recreo con motores fuera borda y laúdes de vela latina, reflejaba el intenso azul del cielo que permanecería invariablemente claro y sereno, desde principios de junio hasta finales de septiembre o mediados de octubre. Era un día perfecto: el sol de primavera no era abrasador; el pueblo aún no estaba en su pleno apogeo turístico y se podía pasear tranquilo, curiosear en las tiendas de artesanía local o sentarse en la terraza de un bar sin necesidad de esperar a que quedara libre una mesa. Y eso es lo que hice en el bar Melitón, ubicado a pie de playa en el mismo paseo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Pedí otro sol sombra doble con hielo, mi bebida favorita; saqué el blíster&nbsp; de pastillas para la artrosis, y me zampé dos de golpe con el primer trago del tan burdo como arcaico combinado de brandy y anís mezclado a partes iguales.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Iba ya por el segundo cuando pedí un tercero para llevar: me apetecía pasear, disfrutar de aquel día radiante, y perderme por las calles mezclándome con los turistas que aún no abarrotaban las calles del pueblo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Aquí tiene señor ─ me indicó el camarero dejando el vaso de cartón encima de la mesa ─, serán doce euritos de nada. Ojo que el sol y sombra parece que no, pero cuando te das cuenta ya llevas media taja encima.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;─Lo sé, lo sé. No pase pena que soy gato viejo y le tengo pillado el tranquillo. El sol y sombra y yo estamos hechos el uno para el otro je, je. Que gran idea, oiga, combinar dos espirituosos tan dispares para obtener un resultado tan equilibrado y lleno de matices como sublime: anís dulce y brandy, el tándem perfecto. Un monumento, un monumento habría que hacerle al que se lo inventó. Además, dicen que va muy bien para la salud; que estimula el sistema nervioso simpático y sube la tensión arterial. Y dicen bien, porque llevo más de cincuenta años tomándolo y mire la cara que hago.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ De simpático, sí, eso no se lo voy a negar− admitió el camarero.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Pagué mis consumiciones, cogí el vaso, me levanté de la silla y antes de abandonar la terraza del bar, me despedí levantando el puño al más puro estilo bolchevique exclamando: ¡Sol y sombra <em>for ever</em>!”</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>− <em>For ever, for ever,</em> ratificó el camarero mientras recogía la mesa.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Balanceando el brazo para no derramar ni una gota, anduve sorteando transeúntes hasta que llegué a la playa <em>Des Poal</em>, donde me descalcé, me saqué la camisa y me tumbé sobre la arena panza arriba, con los ojos entornados y los brazos tendidos en cruz.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Mientras daba buena cuenta del tercer sol y sombra, me envolvió un suave letargo que fue derivando poco a poco en sopor, luego en modorra, hasta que se convirtió en una profunda sensación de paz que nunca antes había experimentado. Era la armonía completa, apodíctica, la tranquilidad absoluta con banda sonora de mar homogénea, mansa, accesible, depositando rítmicamente, sin prisas, lánguidos pliegues de agua sobre la orilla de arena grisácea repleta de grandes guijarros, de aquella cala modesta, que encajaba como una pieza de puzle en el recodo de las casitas que bordeaban el paseo principal del pueblo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Me dejé llevar y escuché una vocecita interior que me exhortaba a disfrutar de la soledad deseada. Me decía, que saboreara cada minuto sin pasar por alto un segundo, de aquel momento especial de abandono alejado de mi rutina diaria.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y mientras mi piel vieja, fina, surcada por los más de ochenta veranos sobreexpuesta a la radiación solar, reaccionaba de nuevo, resignada, a los rayos de principios de la temporada estival, mis pensamientos fueron por libre y resbalaron a cámara lenta en el tiempo muchos años atrás; cuando aún no había cumplido los veinte y creyéndome excelso juzgaba en vez de opinar; cuando tenía como inamovibles conceptos que el paso del tiempo se encargó de refutar, no daba importancia a detalles que sí la tenían y consideraba trascendentes cosas que nunca lo fueron. Cuando estaba convencido de que el rumbo que habría de tomar mi vida sólo de mí dependía, y que hiciera lo que hiciera bien hecho estaría porque a nadie perturbaba.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Recordé las pocas veces que reconocí mis errores comparado con los muchos que cometí. Rememoré situaciones, momentos, estados de ánimo, y reflexioné sobre lo qué hubiera pasado y dónde estaría si en vez de haber hecho aquello hubiera hecho lo otro; si en vez de dejarme llevar, me hubiera parado a pensar.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Sin proponérmelo, estaba haciendo balance de mi vida.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Cuantifiqué las veces que había sido feliz, durante cuánto tiempo lo fui, y si la suma de todos mis días felices me habían convertido en un hombre feliz. Y me di cuenta que no.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Emergían en torrente preguntas, dudas e incógnitas que iba archivando una tras otra, metódicamente, para revisarlas después, cuando tuviera la cabeza más clara y la certeza de que las abordaba honestamente, sin autoengaños. Pero había una idea recurrente que planeaba sobre las otras y se me antojó el eslabón perdido que nunca tuve el valor de buscar; el origen de mis interrogantes que a su vez contenía todas las respuestas sintetizadas en una. Esa idea ─me costó reconocerlo─, tenía que ver con la falta de objetivos claros, asumibles, pautados, y también con el inexistente compromiso de llevarlos a cabo. “Siempre te has sentido más cómodo soñando que planificando ─me dije─; esperando a que lleguen las cosas en vez de irlas a buscar y, a la postre, lamentándote por no alcanzar tus objetivos confusos, arguyendo siempre razones externas que justificaran tu impericia, o fracaso, para ser más exactos. Has vivido convencido de que te merecías mucho a cambio de poco. No te has esforzado, tío. No has tomado iniciativas, ni las riendas de tu vida. Nunca. &nbsp;Eres el rey de los sueños y un experto en posponerlos. Y ahora, chaval, ya no te va a dar tiempo a alcanzarlos”.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>“Bienvenido al mundo real, don Tito ─me susurró de nuevo la voz interior─ más vale tarde que nunca”.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Abrí los ojos, cogí el vaso que se sostenía hundido ligeramente en la arena, apuré el último trago aguado por el hielo deshecho, y mastiqué lo poco que quedaba de un cubito que aún se resistía al calor.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Me levanté, me puse la camisa, y mientras me sacudía la arena de los pies sentado en el murete de piedra que separaba la playa del paseo, sonó en mi móvil el tono que tenía asignado a las llamadas de la Despe: la conocidísima canción “Espinita” de Nico Jiménez Jáuregui, interpretada magistralmente por Albert Hammond, cuyo estribillo reza, “eres como una espinita que se me ha clavado en el corazón, suave que me estás matando, que estás acabando con mi amor”.  <a href="https://www.youtube.com/watch?v=l7zLUX56h9A">https://www.youtube.com/watch?v=l7zLUX56h9A</a> </strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>“¡La madre que me parió, que torpeza la mía, me he olvidado de llamarla!” dije en voz alta, dejando caer la cabeza hacia atrás, arrugando el entrecejo y tirando con las dos manos del cuello de mi camisa hacia abajo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Tenía que reaccionar rápido; pensar algún pretexto creíble para justificar mi olvido, y urdir un plan verosímil que me permitiera quedarme unos días en el pueblo sin que ella sospechara nada. Así que dejé sonar el teléfono hasta que saltó el buzón de voz, e inmediatamente después llamé a Amelia para ponerla al corriente de mi garrafal negligencia y pedirle socorro.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Hola papi ¿Qué tal? ¿Todo en orden o ya la has vuelto a liar?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Hola hija, ¿puedes hablar?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Sí, estoy en el parque con tu nieta Miranda. Ahora mismo está en los columpios y por la cara de felicidad que pone no creo que tenga ninguna intención de bajarse en un buen rato, así que dime, ¿todo bien?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Bueno, sí, verás, es que…</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Uy. A ver, es que qué.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ No, nada importante, sólo que te quería pedir un pequeño favor.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Otro?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Hija, cualquiera diría que no hago más que pedirte favores.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ O sea, que la has liado. Bien, dime <em>papasito</em> ¿qué es lo que tu querida hija puede hacer por ti esta vez? ¿Tengo que volver a mentirle a la Despe?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Digamos que para que se quede tranquila y me deje tranquilo, tendríamos que ponernos de acuerdo tú y yo para no contradecirnos y explicarle el mismo cuento chino. Es que le he dicho que me venía unos días a tu casa para estar contigo y Miranda y…</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>No me dejó terminar:</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Ah pues por mi encantada. La niña ya ha empezado las vacaciones del cole y estará contenta de verte. Además, me iría de perlas que te la llevaras al parque; tengo recados pendientes y también me apetece quedar algún día con las amigas. No se hable más, te espero a comer y me cuentas esa mentirijilla que te llevas entre manos. Ay papi, cómo eres, no cambiarás nunca.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Amelia ─ le dije en tono apocado después de un corto silencio ─, la mentirijilla es que no vendré a tu casa. Estoy en Cadaqués.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ ¿En Cadaqués? ¿y qué se te ha perdido a ti en Cadaqués?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong> ─ Nada en concreto, pero entre otras cosas, espero encontrar la paz que necesito como agua de mayo. Últimamente la Despe me tiene más agobiado que nunca: que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá. Nada le parece bien y anda todo el día reprochándome cualquier cosa que haga o diga. Es que no para, parece que no tenga nada más que hacer que amargarme la vida.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Desde hacía años, con mi hija Amelia, manteníamos una estrecha relación de complicidad que nos hacía sentir especiales y reforzaba los vínculos consustanciales que siempre han existido entre padres e hijas. Para saber lo que pensábamos no necesitábamos hablar, con una simple mirada teníamos suficiente. Tanta era nuestra compenetración y avenencia, que en multitud de ocasiones, en las circunstancias más variopintas, se sucedían episodios de telepatía que, por recurrentes, ni siquiera nos provocaban sorpresa, sino una sonrisa espontánea que denotaba que a los dos se nos había ocurrido lo mismo en el mismo momento.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Pero no siempre fue así. Al principio, siendo ella una niña, nuestros caracteres chocaban por equivalentes: &nbsp;si ella era terca y caprichosa yo era obstinado y mandón y cuanto más tozuda se ponía ella, más nervioso me ponía a mí y más me empeñaba en que hiciera lo que yo le mandaba. Era una partida de pin pon sempiterna sin vencedor ni vencido, que sólo se resolvía con el arbitrio de un tercero ─generalmente su madre─ , o el abandono por tedio de uno de los dos contrincantes.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>El tiempo, ese modelo matemático que permite ordenar sucesos, ubicar el pasado, proyectar el futuro, que dicen que todo lo cura y además pone en su sitio las cosas, nos convenció de que mantener posiciones enrocadas, no tan solo no nos servía de nada sino que nos perjudicaba a los dos. De manera que poco a poco, de forma gradual y fluida, fuimos modelando nuestra relación, substituyendo la obstinación por una actitud más abierta y comprensiva que comprobamos que nos funcionaba mejor. Ninguno de los dos renunció a su carácter, pero el pragmatismo se impuso y fue el origen a partir del cual prosperó nuestra entrañable relación complementaria. &nbsp;</strong></p>
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<p><strong>─ O sea, que el pendejo de mi padre está pasando unos días de asueto y recreo en un pueblecito turístico de la Costa Brava y quiere que, como viene siendo habitual, su querida hija lo cubra contándole otra de sus intrincadas milongas a su querida mujer. ¿Es correcto?</strong></p>
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<p><strong>─ Todo menos lo de querida mujer, pero sí, hazme ese favor, anda, dile a la Despe que estoy en tu casa haciendo de abuelo, que Miranda está encantada conmigo, yo encantado con ella y que me quedaré unos días más─. Silencio. Se hizo un silencio que concluyó Amelia con un resuello, formulándome después las mismas preguntas que me pusieron de los nervios cuando me las hizo la Despe, sólo que en boca de ella sonaban a gloria, porque significaban que una vez más, me sacaba del lío en el que yo mismo me había metido y del que me sería imposible salir sin su ayuda.</strong></p>
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<p><strong> ─ Te habrás llevado todas tus pastillas, supongo ¿no?</strong></p>
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<p><strong>─ Todas hijita querida.</strong></p>
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<p><strong> ─ Las de la tensión, las del corazón, las de la artrosis…</strong></p>
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<p><strong> ─ Sí, sí, las llevo todas.</strong></p>
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<p><strong> ─ Ibuprofeno, paracetamol, nunca se sabe…</strong></p>
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<p><strong> ─ Joder Amelia ¿tú también? ¡Que sí, que las llevo todas!</strong></p>
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<p><strong> ─ Bueno pues acuérdate de tómatelas, no vaya a ser que te dé un patatús y se descubra el embuste. Y ojo con el sol y sombra, tunante, que te conozco. ¿Cuántos te has tomado ya?</strong></p>
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<p><strong>─ Dos</strong></p>
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<p><strong> ─ O sea, cinco. &nbsp;Bueno, da igual, tu verás. Escucha, quédate con la copla que te cuento el plan.</strong></p>
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<p><strong>En cuanto cuelgue, te mando un par de fotos de ti y Miranda juntos. Son bastante recientes, os las hice aquel día que estuvimos merendando chocolate a la taza en una granja de la calle Petritxol.</strong></p>
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<p><strong> ─ Me acuerdo.</strong></p>
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<p><strong>─ Bueno, pues te las bajas al móvil, y se las mandas esta tarde a la Despe a eso de las seis para que vea que estás con tu nieta. No se las reenvíes que cantará mucho; guárdatelas primero en el móvil. No estaría de más que le pusieras alguna frase bonita para ablandarla un poco. Algo así como “dulces momentos, tan dulce es mi nieta como el chocolate que se come”-</strong></p>
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<p><strong> ─ Amelia por dios ¿de verdad le tengo que ponerle esta chorrada?</strong></p>
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<p><strong>─ Esta u otra que se te pase por la cabeza, pero mándale las fotos con algún comentario tierno, hombre. Si quieres que te ayude hazme caso. Escucha  ─prosiguió─, si te llama esta mañana y te pide que se ponga la peque, dile que no está contigo, que la has acompañado al casal de verano y que hasta la tarde no la vas a recoger. Si te llama por la tarde, le dices que está en casa de una amiguita y si te llama por la noche, que ya está cenada, en la cama y durmiendo. Si me llama a mí, yo le diré lo mismo, ¿estamos?</strong></p>
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<p><strong>─ Que grande eres hijita.</strong></p>
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<p><strong>─ Calla que no he terminado.</strong></p>
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<p><strong>─ Callo que no has terminado.</strong></p>
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<p><strong>─ Puedo cubrirte dos días sin que se descubra el embrollo. Más, no. No colaría y la Despe terminaría por saber la verdad. Estate al caso y no te despistes; una palabra de más o cualquier detalle que se te pase por alto es suficiente para que esta arpía te pille. Está en todo y no tiene nada más que hacer que tocarte los cojones desde que se levanta hasta que se acuesta, créeme.</strong></p>
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<p><strong>&nbsp;En dos días te quiero en casa para hacer una video llamada tú, Miranda y yo, con la joya esa de la Despe. Desde luego ─se lamentó─ no has tenido suerte con las mujeres. Una lástima, la verdad, con lo que vales… pero es que chico, no sé cómo te lo montas que siempre terminas con la que menos te conviene. En fin, que le vamos a hacer, es lo que hay.</strong></p>
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<p><strong> ─ No pases pena hijita mía de mi vida, pasado mañana me planto en tu casa a la hora de cenar y hacemos la videollamada.</strong></p>
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<p><strong>─ No me hagas la pelota pajarón ─ me reprendió ─ Anda, disfruta y no te metas en líos. Te dejo que tengo cosas que hacer. Adiós papi cuídate.</strong></p>
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<p><strong>─ Adiós hijita, te quiero.</strong></p>
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<p><strong>Y tal como Colgué el teléfono, volvieron a sonar las notas del <em>hit parade</em> de Albert Hamond “Espinita” y esta vez descolgué.</strong></p>
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<p><strong>─ Hola Despe, antes no te he cogido el teléfono porque me estaba despidiendo de Miranda ─fue lo primero que dije, anticipándome su más que probable reproche─ . La he dejado en el casal y la iré a recoger por la tarde. Todo en orden. Ya estoy instalado en casa de Amelia y hemos hecho planes para los próximos días. Haré de abuelo, que es lo que toca a mi edad y así descargaré un poco a Amelia, que a la pobre no le da la vida entre el trabajo, la casa, la niña y los suegros, que según me ha comentado, tenerlos de vecinos es más un inconveniente que una ventaja.</strong></p>
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<p><strong>─ ¿Así que no está contigo la niña? Lástima, me hubiera gustado saludarla.</strong></p>
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<p><strong>─ Pues ahora mismo no puede ser, pero pasado mañana, si quieres, hacemos una videollamada y la ves. ¿te parece?</strong></p>
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<p><strong>─ ¿Pasado mañana? ¿Y por qué no esta tarde?</strong></p>
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<p><strong>─ Despe, Despe. ¿Estás ahí? Fastidio de cobertura 5G, 6G, la batería o qué sé yo lo que le pasa a este móvil ─fingí─ ¿Despe? No te escucho ¿me oyes tú? ¿Despe?... Bueno, eso, que pasado mañana a la noche hacemos una videollamada. Cuídate. Adiós.</strong></p>
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<p><strong>Y así, escudándome en los supuestos escollos que la técnica aún no tenía resueltos, fue como en principio, me libraba del control &nbsp;de la pejiguera, del chinche, de la mosca cojonera de la Despe, que me venía amargando la existencia des de hacía ya años, desde que se levantaba por la mañana hasta que se acostaba de noche. Y si por desgracia alguna noche le costaba dormir, ya me podía calzar.</strong></p>
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<p><strong>¡Yeah! Exclamé después de guardarme el móvil, haciendo sendos signos de la victoria con los brazos levantados. Y sin pensármelo dos veces, ligerito, contento y silbando, emprendí marcha de regreso por el paseo marítimo dirección a la terraza del bar Melitón, donde pedí otro sol y sombra más para llevar y también algo para picar (tapita de boquerones en vinagre, unas aceitunas rellenas y una bolsa de ganchitos al queso).</strong></p>
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<p><strong>Ya en el hotel, encontré a Albert Müller sentado detrás del mostrador de recepción:</strong></p>
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<p><strong>─ Buenos días Albert.</strong></p>
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<p><strong>─ Buenas tardes, ya, don Tito ─ me respondió levantando la vista por encima de la pantalla del ordenador─ ¿Ha pasado Vd. Una buena mañana?</strong></p>
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<p><strong>─ Sería delito no hacerlo en un entorno como éste. Pero por favor, no me trates de usted, no se aviene con la atmósfera afable que desprende este acogedor hotelito y aún menos con mi talante distendido y asequible. Tito mejor, sin el don.</strong></p>
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<p><strong>─ Está bien pues, Tito. ¿En qué te puedo ayudar?</strong></p>
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<p><strong>─ Ahora que lo dices, si mañana no sopla mucha tramontana tengo previsto hacer una pequeña caminata por el parque natural del <em>Cap de Creus</em>. Pensaba ir hasta el faro de <em>Cala Nans</em>, pero si me recomiendas otra ruta, acepto sugerencias.</strong></p>
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<p><strong>─ Vaya, qué casualidad ─se sorprendió─ Este mismo recorrido hago yo cada mañana para intentar bajar barriga; a la vista está que no lo consigo, pero no cejo en el empeño. Si quieres te acompaño.</strong></p>
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<p><strong>─ Pues claro, será un placer. ¿Quedamos aquí mismo, en recepción a las ocho?</strong></p>
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<p><strong>─ ¡Hecho! Prepararé unos bocadillos y me llevaré la bota de vino: &nbsp;que no se diga que el deporte está reñido con el buen comer y el buen beber.</strong></p>
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<p><strong>A la mañana siguiente, puntual como un reloj suizo, aguardaba yo en la recepción del hotel ataviado con mis sandalias, mis calcetines blancos de poliéster de media caña, mis bermudas, mi camisa hawaiana y mis gafas de sol progresivas de Alain Afflelou. &nbsp;Y ya en ruta, de camino hacia el faro, entre trago y trago de vino, Albert me iba contando las numerosas excentricidades que protagonizó Salvador Dalí en Cadaqués y que en buena medida contribuyeron a situar el nombre del pueblo en el mapa.</strong></p>
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<p><strong>─ Fue un artista genial ─ me explicaba sin disimular su pasión por el personaje ─ No sólo era el pintor más representativo del surrealismo, sino que él mismo proclamaba a los cuatro vientos que el surrealismo era él. No me negarás que el tío se sabía vender.</strong></p>
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<p><strong>─ Totalmente de acuerdo. La gente lo conocía casi más por sus extravagancias que por sus cuadros.</strong></p>
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<p><strong>─ En realidad se sentía cómodo representando un papel que le mantenía en la cumbre de la celebridad y de paso le ayudaba a vender cuadros. Un figura, lo que yo te diga. Hubieras flipado con las performances que montaba. Una vez, se hizo construir un huevo enorme de yeso, se metió dentro y simuló su nacimiento rompiendo la cáscara con su bastón y apareciendo con los brazos en alto al grito de ¡surrealismoooo! Vaya crack ja, ja, ja. Tenía una obsesión por los huevos. Decía que representaban la vida prenatal intrauterina, el amor y la esperanza; un galimatías mental, si quieres, pero oye, yo le compro la idea, porque bien mirado, salir del huevo es un ejemplo muy gráfico que simboliza deshacerse del pasado y empezar algo nuevo.</strong></p>
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<p><strong>─ Fama de loco sí tenía.</strong></p>
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<p><strong>─ De loco nada, Tito, en todo caso extravagante, estrafalario, pero por encima de todo astuto. Dalí, además de ser un pintor extraordinario, era un experto en márquetin. Estaba en permanente campaña promocionando su propia marca. ¿Sabías que fue él quien diseñó el logo de Chupa Chup?</strong></p>
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<p><strong>─ Pues no, la verdad.</strong></p>
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<p><strong>─ Pues ya lo sabes. Nunca te irás a dormir sin saber algo nuevo ─ y pasándome la mano por encima del hombro, me invitó a disfrutar desde lo alto de un risco junto al camino, de aquel paraje de postal que integraba de un modo exquisito el cielo y el mar; el pueblo en la costa rocosa y una bandada de golondrinas revoloteando alrededor de una barca de pesca artesanal.</strong></p>
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<p><strong>─ No me digas que no es precioso, Tito. Esto no es surrealismo, es la realidad más obvia, sin trampa ni cartón. Anda, sácame una foto que la pondré en el perfil de mis redes, el paisaje se lo vale.</strong></p>
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<p><strong>Accedí a su petición encendiendo la cámara del móvil y retrocediendo un par de metros buscando el mejor encuadre.</strong></p>
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<p><strong>− Colócate un poco más atrás – le indiqué−, que se te vea de cuerpo entero. Ve con cuidado que el suelo es pedregoso y detrás tienes un acantilado de aquí te espero. Un paso en falso y te quedas sin foto.</strong></p>
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<p><strong>─ No importa, si me caigo haz la foto igualmente, se verá más paisaje ─ bromeó con más torpeza que acierto ─. ¿Aquí estoy bien?</strong></p>
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<p><strong> ─ Un pelín más atrás.</strong></p>
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<p><strong>─ ¿Aquí? ─ volvió a preguntarme receloso, después de dar un minúsculo paso hacia atrás.</strong></p>
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<p><strong>─ Más, un poco más. Aquí, perfecto. Venga sonríe, o di “surrealismo” o pon otra cara, chico, que parece que le esté haciendo la foto a un presidiario antes de que le asignen la celda.</strong></p>
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<p><strong>Temeroso de precipitarse al vacío, Albert corrigió con cautela su postura. Se puso de lado, ofreció a la cámara el perfil que le pareció que era el bueno y balbuceó un desmayado “surrealismo” al que yo reaccioné contrariado:</strong></p>
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<p><strong>─ Coño, Albert, no me seas moñas. Ponle un poco de alegría, que se note que conociste a Dalí en persona. Grita fuerte “¡surrealismoooo!”. Venga, esa actitud…</strong></p>
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<p><strong>Doscientos metros de caída libre vertical, separaban a Albert desde el borde del precipicio hasta el mar. Si resbalaba, no había salvación posible y con toda certeza el piñazo que se pegaría sería lo último que haría en la vida.</strong></p>
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<p><strong>Albert calibró el peligro. Echó un vistazo a la base del peñasco donde rompían las olas y resiguió con la mirada el cortante de la roca hasta arriba, donde él se encontraba. Valorada la situación, resolvió que siendo que ya se había hecho a la idea de hacerse la foto, si procedía con suma prudencia, reduciría tanto las probabilidades de despeñarse y matarse, que valía la pena correr aquel el riesgo con tal de regresar de la excursión inmortalizado, mirando al horizonte desde lo alto del acantilado. Entonces inspiró profundamente, puso cara de Dalí abriendo tanto los ojos que parecían dos platos y gritó varias veces a pleno pulmón “Surrealismoooo, surrealismoooo, surrealismoooo”.</strong></p>
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<p><strong>− Ojo, Albert, el acantilado – le indiqué mientras iba haciendo fotos, sabedor de que entre todas sólo alguna serviría. Pero Albert, ajeno a mi advertencia, parecía que de pronto había perdido el miedo a la altura o más que el miedo el respeto, porque cada vez más motivado, con los brazos levantados y mirando al cielo, no paraba de vocear una y otra vez cambiando de sitio y postura “surrealismo, surrealismo, surrealismo”. Y cualquiera hubiera dicho que era el mismísimo Dalí el que gritaba, si no hubiera sido porque su físico nada tenía que ver con el del gran pintor ampurdanés.</strong></p>
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<p><strong>Lo tenía perfectamente encuadrado: en primer plano, el contorno de su silueta recortaba el contraluz del sol, y de fondo, el interminable horizonte, separaba con precisión cirujana los azules del cielo limpio de nubes y del mar ligeramente rizado, tapizado de olas encogidas de blanca cresta espumosa.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;El último ”surrealismo” que oí antes de que Albert desapareciera por debajo del encuadre, no terminó en “o” sino en “a”. No dijo exactamente “surrealismoooo” sino “surrealismohooostiaaaaa”, alargando la última “a” que se oía cada vez más lejana, más débil, hasta volverse inaudible. Tan inaudible, que di por sentado que aquella “a” prolongada, era lo último que el oriundo alemán había pronunciado en su vida.</strong></p>
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<p><strong>Extremando las precauciones, más por ver dónde había caído el cuerpo, cómo de espachurrado había quedado y de qué manera se las arreglarían los bomberos para recuperar el cadáver, asomé la cabeza por el borde del precipicio, y cuál no fue mi sorpresa al ver al tipo con las piernas colgando, agarrado a las ramas de un escuálido pino que crecía con dificultad en una hendidura de la pared de la roca, cosa relativamente frecuente en la costa Brava catalana: no que se despeñen alemanes y se agarren a un pino, sino que haya pinos que germinen y crezcan hincando sus raíces en alguna de las grietas de la escarpada costa del litoral catalán. La Costa Brava es muy bonita. Si viajan a Cataluña no dejen de visitarla, merece la pena.</strong></p>
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<p><strong>− Albert ¿estás bien? − le grité desde arriba, juntando las manos alrededor de la boca a modo de bocina.</strong></p>
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<p><strong>Contrariamente a lo que cabía esperar, Albert respondió sereno a mi pregunta:</strong></p>
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<p><strong>− Pues mira, Tito, no sabría yo cómo explicarte, es una sensación nueva para mí. &nbsp;Te cuento: me he caído un sinfín de veces en la vida por múltiples causas y con consecuencias generalmente acordes a la magnitud de los porrazos que me he pegado: desde pequeños rasguños, algún tobillo torcido y en una ocasión hasta me rompí el peroné. Nada grave de lo que no me haya recuperado, como bien puedes observar. Pero la hostia que me acabo de pegar ─y eso que aún estoy a media caída─ supera con creces todas las anteriores. Decirte también que ahora mismo, que esté bien, mal, mejor o peor, no es mi principal preocupación ni debería ser la tuya. Lo que quiero es que alguien me saque de aquí cuanto antes porque si de mi depende lo tengo muy negro. Así que déjate de formalismos y céntrate en buscar ayuda a la mayor brevedad posible. ¡Apúrate por dios, que la situación es crítica!</strong></p>
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<p><strong>La petición de Albert, dadas las circunstancias extremas en las que el pobre se encontraba, me pareció de lo más razonable. De manera que procurando mantener la misma calma de la que él había hecho gala a pesar del desafortunado traspié, le pregunté si sabía cuál era el número de emergencias.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ El 112, Tito, pero llama rápido, que tengo las manos entumecidas y el pino éste se está desprendiendo – me exhortó aún sereno, aunque visiblemente angustiado.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Tranquilo, todo irá bien. ─ intenté animarle ─ En cuanto dé el aviso te rescatarán en un periquete y al mediodía estaremos comiendo paella en la terraza de un restaurante, ya verás. Sabes, la vida está llena de claros y oscuros, altos y bajos; situaciones inesperadas en las que uno se encuentra atrapado, pero que al final se resuelven como por arte de magia.</strong></p>
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<p><strong>− ¿Y tú sabes hacer magia?</strong></p>
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<p><strong>− Aguanta, Albert, ten fe. Siempre hay luz al final del túnel. Comprendo cómo te sientes, pero superarás este trance, créeme.</strong></p>
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<p><strong>─ ¡Me cago mil veces en la madre que te parió, Tito! ─ me reprendió esta vez a gritos ─ Llama a los bomberos de una puñetera vez y déjate de luces al final del túnel. No estoy en ningún túnel. Me aguanto de milagro, agarrado a las ramas del único pino que hay en un acantilado de no sé cuántos metros, y si alguien no viene a rescatarme ahora mismo, me desplomaré como un pelele y no viviré para contarlo. Y la culpa será tuya por no haber pedido ayuda a tiempo, Tito de los cojones. ¡sácame de aquí ahora mismo!</strong></p>
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<p><strong> ─ Chico vaya carácter ─ me defendí ─ yo sólo quería animarte, hacerte llevaderos los últimos instantes de tu vida insuflándote falsas expectativas. Es el protocolo que hay que seguir, lo aprendí en un cursillo que hice en la Cruz Roja de joven. Nos explicaron, que cuando ya no hay esperanzas de rescatar con vida a la víctima de una catástrofe o de una fatalidad fortuita −como es tu caso −, lo mejor que se puede hacer es darle conversación y reconfortarla en la medida que uno pueda hasta que la espiche. Es una cuestión de caridad humana, simplemente.</strong></p>
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<p><strong>─ ¿Vas a llamar a los bomberos o no? Por saber…─ me preguntó resignado.</strong></p>
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<p><strong>─ Para serte franco de poco va a servir ─ respondí ─. Mientras llamo al 112; descuelgan el teléfono; explico lo que ha pasado; me pasan con el departamento de accidentes absurdos; se deciden a venir; preparan las cosas y se presentan aquí, tú y éste enclenque pinito ya habréis sucumbido y andaréis flotando ahí abajo al albur de las corrientes marinas. Pero oye, que yo haré lo que me digas. Eres tú el desventurado y a ti de corresponde decidir.</strong></p>
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<p><strong>Poco a poco el pino iba cediendo al peso de Albert. Se desprendían pedruscos de roca acompañados de arena, que iban ensanchando la grieta dejando al descubierto las raíces del árbol cada vez más destrabadas, más sueltas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Entonces qué propones, Tito? ─ me volvió a preguntar, rendido, con un hilo de voz y los ojos llorosos.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Lo suyo sería redactar un documento de últimas voluntades, pero como no tengo ni papel ni boli, te grabaré con el móvil. No sé si esto tendrá valor legal, pero sentimental seguro. Podrías despedirte de los tuyos, decirles que los quieres y dales algún consejo que otro. No sé, sincérate, ahora es el momento. Háblales de los errores que cometiste en vida y diles que no los repitan; o de lo que te ha quedado por hacer y nunca hiciste por las razones que fueran. Diles aquello que siempre te callaste, por ejemplo, y que estaría bien que supieran. Haz alguna confesión, yo qué sé… Suena a tópico, pero seguro que tus allegados valorarán el detalle. Anda, concéntrate, a ver qué se te ocurre. Espabila que el arbolito está cada vez más suelto. Estoy grabando eh…</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Venga, pues ahí va mi testamento ─ anunció ─ Y mirando a cámara, asomando la cabeza entre las manos asidas a la delgadas ramas del pino, soltó un discurso que duró unos minutos y empezó y terminó de la siguiente manera:</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;“Queridos familiares y amigos:</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>Quién me iba a decir a mi esta mañana, cuando he salido a caminar con el memo éste que me está grabando con el móvil…”</strong></p>
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<p><strong>− Oye, no te pases, un respeto – le reproché.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>− Perdón.</strong></p>
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<p><strong>− No pasa nada, sigue. Ya lo editaré.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>− Vale.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>“Quién me iba a decir – continuó – que al dar mi paseo matinal por los alrededores de este adorable pueblo que tanto amo y amaré hasta el día de mi muerte (que es hoy), que mis últimas palabras antes de traspasar las tendría que pronunciar colgado de las ramas de un pino.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Sí, queridos, esto es una despedida. Muy a mi pesar pero es mi despedida.”</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Hizo una pausa y, jadeante, alargó una pierna hasta que logró meter la punta del zapato en un pequeño entrante de la roca. Después, reprendió el alegato:</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>“Antes de continuar, quiero que sepáis que la singular escenografía desde la que os hablo, </strong><strong>no ha sido dispuesta para la ocasión ni mucho menos escogida a la ligera, sino que es fruto de un desafortunado percance que el destino me tenía preparado y del que no me he podido zafar.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Como comprenderéis, hubiera preferido abandonar este mundo de forma menos aparatosa y, en su lugar, hacerlo de un modo más confortable. No sé, quizás en casa, acostado en la cama rodeado de los míos, esperando apacible el último suspiro que me transportara a ese etéreo remanso de paz, donde tarde o temprano nos encontraremos y en el que todos tenemos un lugar reservado. Pero las circunstancias son las que son y uno se las apaña como buenamente puede”.</strong></p>
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<p><strong>− Que inspirado Albert. Sigue, sigue que vas bien – le alenté.</strong></p>
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<p><strong>“Motivos tengo de sobra para lamentarme de muchas cosas −prosiguió el alemán−, pero ¿qué sentido tendría hacerlo estando a las puertas de la muerte? Ninguno, puesto que los lamentos no cambian las circunstancias y aunque así fuera, de nada me serviría ya. Además, no quiero que recordéis este parlamento como el último discurso de un quejumbroso, sino de un hombre valeroso, cabal y por encima de todo digno: la misma dignidad que os exhorto a que mantengáis vosotros hasta el día que palméis, pues es virtud muy preciada e imprescindible para dar buena imagen, y ya sabéis que en los tiempos que corren la imagen es muy importante.”</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Otras tantas piedras volvieron a desprenderse de la grieta y el pino cedió unos centímetros más antes de que Albert siguiera disertando:</strong></p>
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<p><strong>“Si en su día no lo hice por exceso de amor propio, vanidad o a lo mejor por olvido, aprovecho éste trascendental momento para pedir perdón a todo aquel que ofendí, laceré o perjudiqué de alguna manera, sabiéndolo y aún sin saberlo: el desconocimiento no exime y no pienso abandonar este mundo sin la conciencia tranquila. &nbsp;Pero como el perdón no tan solo se pide sino que también se concede, tampoco quiero dejar pasar la ocasión para perdonar a todo aquel que me agravió, hirió o me hizo alguna que otra putadita. Duerman tranquilos, queridos; aquí paz y después gloria.”</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>Impresionado por la entereza de Albert, conmovido por su emotivo discurso, pensé que sería una lástima que no le diera tiempo a concluirlo de forma brillante, como tenía todos los bisos de ser. Así que con la sola pretensión de ayudarlo, lo puse sobre aviso diciéndole:</strong></p>
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<p><strong>─ Enternecedor, Albert, eres un sentimental, pero tendrías que ir acabando porque el pino se va a soltar de un momento a otro.</strong></p>
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<p><strong>─ Tienes razón, Tito, gracias. Voy terminando.</strong></p>
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<p><strong>“A mi mujer Ingrid y a mis hijos Erika y Ernest:</strong></p>
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<p><strong>Os quiero como nunca he querido a nadie. A vuestro lado he vivido momentos maravillosos. Pero también otros para olvidar que sin vuestro incondicional apoyo nunca hubiera superado. Ha sido un placer recorrer juntos el camino. Me habéis hecho muy feliz. Gracias, gracias, gracias.</strong></p>
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<p><strong>&nbsp;En el cajón de mi mesita de noche encontraréis mi testamento. &nbsp;Es una fotocopia y a efectos legales no vale; el original lo tienen en la notaría Sáenz Garcés, la que está al lado del ayuntamiento. Echadle un vistazo y así os vais haciendo a la idea de cómo quedan las cosas. Pero si me permitís un consejo, vended y repartiros el dinero, así iréis un poco más holgados y me recordaréis con algo más de cariño, si cabe (y perdonadme la osadía).</strong></p>
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<p><strong>Para finalizar, por lo que respecta al entierro, no quiero una ceremonia pomposa; preferiría algo sencillo, escueto: nada de homilías, música clásica ni peroratas que susciten la lágrima fácil. Sólo cuatro palabrejas, unas copas a mi salud y punto. Eso sí, tengo un caprichito: me gustaría que le dierais a la sala de velatorio un aire daliniano. Podríais colocar algunos huevos de diferente tamaño alrededor de mi féretro, o colgar de la pared una reproducción de alguno de sus cuadros. “La persistencia de la memoria”, por ejemplo. Es el de los relojes doblados que simbolizan la fugacidad del tiempo, la memoria que se derrite. Sí, eso le dará a mi sepelio un aire de…” </strong><strong></strong></p>
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<p><strong>Augurando el final inminente, de la grieta se desprendieron unos cuantos pedruscos más y las raíces del pino cedieron definitivamente. El pobre Albert, tuvo el tiempo justo para concluir su discurso pronunciando un último “surrealismoooo” mientras se desplomaba al vacío con el pino en la mano, rebotando una y otra vez contra los salientes de la roca, hasta quedarse inerte flotando en el mar con la cabeza reventada.</strong></p>
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<p><strong>&nbsp;Solemne, sensacional, pensé. Y después de apagar la cámara del móvil, repetí en voz baja sus últimas palabras, como si al hacerlo estuviera confirmando que se cumpliría su último deseo; su caprichito como él había dicho. “Eso le dará a mi sepelio un aire de Surrealismo”. Genial, sencillamente genial”</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y sucedió seguidamente, que de la misma manera que cuando Albert estaba al borde de la muerte deseché llamar a emergencias por considerar que no valía la pena, tampoco me pareció prioritario después del desafortunado accidente, llamar a la policía para dar parte de lo ocurrido.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Ingrid tenía que ser la primera en enterarse de lo que había pasado. Comunicárselo personalmente, no tan solo constituía un acto de consideración y respeto para con ella, sino además una obligación ineludible que debería cumplir cuanto antes si no quería que se enterara de la desgracia por terceras personas. Así que di media vuelta, y mientras deshacía mis pasos de regreso al hotel, me puse a pensar cuál sería la forma menos traumática de notificarle el fatídico suceso.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>Anduve dándole vueltas y más vueltas, hasta que llegué a la conclusión de que lo mejor sería empezar por el principio, no escatimar detalles y referirle los pormenores del suceso dosificados, dejando que poco a poco asimilara el relato hasta deducir por sí misma el final.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y sí, esa era mi idea hasta que en el hall del hotel, cuando después de los saludos preceptivos y a la pregunta de “¿Cómo es que Albert no viene contigo?”, me puse nervioso y le solté a Ingrid lo primero que se me pasó por la cabeza, que fue:</strong></p>
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<p><strong>─ Pues mira, tú, tengo dos noticias que darte: una te va a gustar y la otra no tanto. ¿Por cuál prefieres que empiece?</strong></p>
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<p><strong>─ ¿Vaya, ha ocurrido algo?─ Me preguntó, desoyendo mi solicitud anterior.</strong></p>
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<p><strong>─ Muchas cosas, Ingrid, y entre ellas dos sucesos de capital importancia, que te afectan directamente y deseo anunciarte en persona. Dime, por cuál quieres que empiece ¿por el bueno o por el malo?</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Pues por el malo, a ver…</strong></p>
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<p><strong>─ Sea pues ─. Y haciendo gala del poco tacto que me caracterizó durante toda mi vida, empecé de la peor manera que supe y que Ingrid se merecía:</strong></p>
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<p><strong>─ Nada, chica, que Albert no vendrá a comer, ni a cenar, ni tampoco a dormir.</strong></p>
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<p><strong>─ ¿Y eso? ¿le ha surgido algún contratiempo?¿Por qué no me ha llamado para decírmelo?</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Esto… verás, pues mira, es que ha sufrido un lamentable accidente y él solito se ha matado. Ha sido todo muy rápido. Cuando me he querido dar cuenta ya no he podido hacer nada para evitarlo.</strong></p>
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<p><strong>─ Vaya, que contrariedad. ─ manifestó Ingrid, con una expresión a medio camino entre el desconcierto y el asombro.</strong></p>
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<p><strong>─ Pues sí, ya ves, cosas que pasan cuando uno menos se lo espera ─quise consolarla yo, aunque intuí que no lo necesitaba.</strong></p>
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<p><strong>─ Claro, claro, lo que pasa es que una nunca está preparada para recibir estas noticias. Y menos así, tan de sopetón. Por cierto, ¿Ha sufrido?</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Me sorprendió su actitud: no se sobresaltó, ni mostró consternación, ni tampoco se echó a llorar a mis brazos, ni mucho menos puso cara de pena. Era como si más que afectarle la muerte repentina de su marido, le importunara que no viniera a comer ni a dormir. Me pareció que encajaba la noticia de forma serena, muy natural, a la ligera casi diría u orgánica, como a algunos gusta decir hoy en día. Y a mí, que siempre fui hombre de no andarme con rodeos, ya me fue bien su aparente indiferencia para continuar con el suceso sin necesidad de circunloquios. Así que seguí contándole lo que había pasado, con la misma espontaneidad con la que había empezado.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ No tan sólo no ha sufrido, Ingrid ─y ahí va la buena noticia─, sino que ha tenido la muerte más digna que jamás haya tenido el propietario de un hotel.</strong></p>
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<p><strong>─ Y dime ¿cómo ha muerto? ─se interesó.</strong></p>
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<p><strong>─ Ha resbalado.</strong></p>
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<p><strong>─ Pues no veo yo que esta sea una muerte muy digna…</strong></p>
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<p><strong>─ Verás, íbamos tan tranquilos charlando camino del faro, cuando más o menos a mitad del trayecto, me ha sugerido que subiéramos a lo alto de un promontorio para disfrutar de las vistas. “Anda, hazme una foto, Tito, que hace un día muy bonito y el paisaje se lo vale”, me ha dicho.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Y sí, en efecto, las vistas eran excelentes. Pero la verdad es que me ha entrado un poco de canguelo, porque estábamos justo al filo de un precipicio muy alto ya mí las alturas no me hacen mucha gracia. Que digo yo un precipicio, un abismo, un acantilado sólo apto para que aniden las águilas, o al alcance de escaladores chiflados.</strong></p>
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<p><strong>─ ¿Y le has hecho la foto?</strong></p>
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<p><strong>─ Varias. Mientras él posaba yo iba disparando. No te creas que no le he avisado del peligro: que si ojo con el acantilado, Albert, que te puedes caer. Que si cuidado que el suelo es resbaladizo…</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Y ha resbalado ¿no?</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Pues sí. De repente me ha desaparecido del encuadre y me he temido lo peor. Entonces me he acercado al precipicio y al asomar la cabeza…</strong></p>
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<p><strong>─ No sigas, Tito, no quiero saber más.</strong></p>
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<p><strong>─ Ingrid, tienes que escucharme hasta el final ─le advertí─, &nbsp;lo que viene ahora es importante. Antes de morir ha dejado un mensaje.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Escrito? ¿Te lo ha dado a ti? ¿Te ha dicho que me lo digas? ¿Entonces no ha sido un accidente?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Sí que lo ha sido: al precipitarse, ha tenido la suerte de poder agarrarse a las ramas de un pino. Aun así, la situación, más que crítica era insalvable; el pino no tardaría en desprenderse y por más que se apresuraran los bomberos o quien fuera que viniera a rescatarlo, no llegarían a tiempo de salvarle la vida. Así que conscientes del drama, hemos convenido que lo más acertado sería aprovechar sus últimos minutos de vida, para despedirse de los más allegados de la forma que él creyera conveniente.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Muy propio de Albert. Como buen alemán siempre fue una persona muy racional.</strong><strong></strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Y de una sangre fría admirable ─ apostillé─. Lo conocí poco, pero el tiempo suficiente como para reparar en su parte más sensible. Sus últimas palabras, Ingrid, fueron para despedirse de ti y de vuestros dos hijos. No me digas que esto no es bonito. Lo grabé todo con el móvil. Si me das tu número de teléfono te paso el vídeo por whatsapp. Mientras te lo miras yo voy recogiendo mis cosas porque, la verdad, esta adversidad cambia de arriba abajo mis planes y ahora mismo, como comprenderás, lo único que quiero es largarme de aquí cuanto antes. No te lo tomes a mal, no es nada personal. ¿Llamas tú a la policía?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Metí las cosas en la maleta y me marché sin despedirme por la puerta de atrás. Si me apuraba, aún llegaría a tiempo a coger el autobús de las doce. Sabía que tarde o temprano tendría que declarar ante la policía, o tal vez en el juzgado, quién sabe…Pero tiempo habría para ello, y en cualquier caso, cuando irremediablemente llegara el momento, ya se encargarían de hacérmelo saber. Por el momento, sólo quería marcharme de allí. No huir, sino distanciarme aunque sólo fuera por un corto periodo de tiempo, de todo cuanto había acontecido aquella mañana.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Al pasar por delante del bar Melitón, pedí un sol y sombra con hielo para llevar y llegué justo a tiempo a la estación para comprar un billete y largarme en el autobús de las doce sentado en los asientos de atrás.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Lógicamente mi cabeza bullía. Me costaba desconectar y se mezclaban en mi mente las imágenes de Albert cayendo al vacío, con las del momento en que le informaba a Ingrid de la tragedia.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Me seguía extrañando su actitud. Me preguntaba el porqué de su aparente indiferencia, del conformismo con que encajó la noticia como si fuera el curso natural de un proceso; algo que ya se esperaba.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>“El paso del tiempo genera inercias y las inercias arraigos que atrapan. Nos acostumbramos a todo. &nbsp;Nada va del todo bien, pero tampoco mal del todo, y así,&nbsp; van pasando las semanas, los meses e incluso los años sin que cambien las cosas. No es que no sucedan cosas; es que siempre son las mismas. Igual que una noria, que por más vueltas que dé siempre está en el mismo sitio. Eso es lo que le pasa a Ingrid, creo,&nbsp; como pasa a muchas otras personas y también me pasa a mí. Es por miedo a la incertidumbre, por pereza o tal vez por abulia, que rehuimos el cambio evitando tomar decisiones rotundas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Pero de repente nos levantamos un día, y por alguna razón en concreto o por la suma de varias, nos damos cuenta de que el paisaje ha cambiado. A lo mejor ya había cambiado, pero nosotros nos damos cuenta aquel día.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;Seguramente, el paisaje Ingrid ya hacía mucho que había cambiado. Por eso no le ha afectado la muerte de Albert, creo, por eso no la ha vivido como una tragedia, &nbsp;sino como un golpe de suerte, que le allanaba el camino para dar el siguiente paso adelante: el que nunca se aventuró a dar, conviviendo con él.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Al llegar a Barcelona, dos Mossos de Esquadra me esperaban en la estación del Norte. Después de identificarme, me invitaron a subir al coche patrulla y a acompañarlos a comisaría para tomarme declaración.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Respondí a sus preguntas con todo lujo de detalles y dos horas más tarde me dejaron libre sin cargos, con la sola recomendación de que estuviera localizable por si me necesitaban más adelante.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;─ Culpa, culpa, lo que se dice culpa, ya vemos que no la ha tenido usted ─me dijo el sargento─. Podríamos detenerlo por omisión de socorro o abandono del lugar del accidente, por ejemplo, aunque después del examen visual del sitio en cuestión, lleva usted razón en que poco o nada ha podido hacer por la víctima. Eso sí, si se abre una investigación y el juez lo determina, habrá que proceder a la reconstrucción de los hechos y necesitaremos su colaboración. Pónganoslo fácil; esté localizable. Pero antes de marcharse y a modo estrictamente personal ─ continuó─, permítame una recomendación: si alguna vez le volviera a ocurrir algo semejante ─dios no lo quiera─, haga usted el favor de no marcharse a la francesa del lugar de los hechos. Avísenos, que para eso estamos. El cuerpo de Mossos d’Esquadra dispone de agentes experimentados que saben de sobra cómo actuar en casos como este; no como usted, caballero, que según tengo entendido, sólo le ha faltado ponerse a bailar claqué cuando le informaba a la viuda la muerte de su esposo. Hay que ver el poco tacto que tiene…pero en fin, la grosería no es delito y cada cual se expresa según su magisterio.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ ¿Puedo marcharme ya agente? Es que me está entrando hambre. Ahora mismo se me antoja un bocadillo de lomo con queso.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Váyase, váyase y tómese también un sol y sombra a mi salud.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Uy ¿Y usted cómo sabe que me gusta el sol y sombra?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Porqué soy policía. Ande, vaya con dios.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Salí a la calle tirando de mi maleta de plástico negra con ruedas, y anduve un buen rato sin rumbo fijo preguntándome por qué sólo me pasaban estas cosas a mí; por qué siempre se me torcían los planes, y si existiría alguna fórmula mágica o remedio prodigioso, capaz de eliminar el virus del gafe de manera concluyente.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Me senté en la terraza de un bar y pedí el bocadillo de lomo con queso y una cerveza. “A ver si va a ser el sol y sombra lo que me trae mala suerte”, me dije.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Consulté los horarios de los autobuses para Sant Pere de Ribes y llamé a Amelia para avisarla de que llegaría por la tarde:</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Creía que llegabas mañana, papasito ¿cómo es que vienes esta tarde?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ No te lo vas a creer, Amelia.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ De ti me lo creo todo, pero luego me cuentas. Sabes…cuando le he dicho a Miranda que vendrías, se ha puesto a dar saltos de alegría. Dice que se lo pasa muy bien contigo, te quiere mucho .</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Y yo a ella. Y a ti, ya lo sabes.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Y yo a ti y tú también lo sabes, papi. Pero bueno, dejémonos de sentimentalismos… Te preparo la habitación que da al parque que es más luminosa, y cuando llegues nos llevamos a Miranda a merendar. ¿Hace?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>─ Hace.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Las palabras de Amelia me llegaron al alma, me abrieron la mente y me demostraron que no era cierto que me perseguía la mala suerte. “Tendré la misma suerte que todos ─pensé─: buena y mala, y mejor o peor dependiendo de cómo se mire. Mala suerte es la de Albert, eso sí que es mala suerte. Yo no me puedo quejar; no debería quejarme. ¿O no es una suerte tener una hija como Amelia y una nieta como Miranda? Ese vaso, Tito, ese vaso, que no está medio vacío, que está medio lleno”.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Terminé mi cerveza, pagué y me fui deseoso de ver a mi hija y mi nieta. Y también convencido, de la razón que tenía don Ramón de Campoamor cuando decía que “todo es según el color, del cristal con que se mira”. La primera parte la obvié; la que habla del mundo traidor y de que nada es verdad ni es mentira.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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		<title>Capítulo 6. Bocadillo vegetal, calzoncillos de rayón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tito Garraf]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Dec 2018 14:00:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Boy socuts]]></category>
		<category><![CDATA[calzoncillos]]></category>
		<category><![CDATA[campamentos de verano]]></category>
		<category><![CDATA[Pirineo catalán]]></category>
		<category><![CDATA[Pirineos]]></category>
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		<category><![CDATA[Robert baden Powell]]></category>
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					<description><![CDATA[<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p>                 <strong>De invierno a invierno y tiro porque me toca. De la felicidad de estrenar los patines de correas el año anterior, a la frustración del siguiente porque los Reyes no me habían traído el regalo que había pedido. Una de cal y otra de arena había aprendido ya desde mi más tierna infancia.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong> En las navidades de mil novecientos setenta, el scalextric era el juguete de moda que todos los niños querían. Las niñas pedían muñecas, cacharros de cocina en miniatura y cajas de utensilios para maquillaje, manicura o peluquería. Por aquel entonces, a excepción de los juegos de magia y las colecciones de libros de Enid Blyton de “Los cinco y Los siete secretos”, todos los otros juguetes eran, o bien para niñas, o bien para niños. Hasta las bicicletas eran de niño o niña, según llevaran incorporada en el cuadro o no, una barra que iba desde debajo del sillín hasta debajo del manillar: Con barra, de niño. Sin barra, de niña. Nada que ver con hoy, cuando uno puede incluso <a href="https://hausarbeit-ghostwriter.com/bachelorarbeit-schreiben-lassen/" style="color: inherit; text-decoration: none;">bachelorarbeit schreiben lassen</a> —que significa “encargar que te escriban el trabajo de fin de grado” en alemán— sin que nadie se sorprenda.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<strong> El tercer trauma de mi vida, no fue tanto por el hecho de haberme tenido que conformar con un uniforme de b<em>oy scout</em> en lugar del Scalextric que había pedido, sino más bien por las consecuencias que acarreaba tener que quedarme con el regalo, puesto que en adelante, cada sábado por la tarde debería acudir uniformado al local de la agrupación del barrio, para participar en las actividades que allí se organizaban: una verdadera cruz que sobrellevé como pude durante dos años, hasta que me planté y dije a mis padres que se pusieran como se pusieran, yo no quería ser b<em>oy scout</em></strong><em>.</em></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Pero durante dos años lo fui, y en el transcurso de los campamentos de verano de mil novecientos setenta y dos, se fraguó el &nbsp;trauma a consecuencia del cual, durante tres años no comí bocadillos y durante más veinte no llevé calzoncillos y ahora comprenderán ustedes porqué.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph {"align":"center","fontSize":"large"} --></p>
<p class="has-text-align-center has-large-font-size">* * *</p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>A principios de julio, instalamos nuestro campamento en las inmediaciones de Castellar de n’Hug, un pintoresco pueblecito del pirineo catalán conocido por albergar en su municipio el nacimiento del río Llobregat, que como algunos de ustedes ya saben, es el más importante de los que empiezan y terminan en Catalunya y desemboca de manera discreta en el mar Mediterráneo, justo al lado del aeropuerto de Barcelona. Pirineo Catalán, Castellar de n’Hug, campamento de verano.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Llegados a un claro en el bosque, procedimos a cortar la hierba alta con nuestros machetes de montaña y plantamos en semicírculo, alrededor del tótem de la agrupación, las tiendas de campaña de estilo canadiense en las que dormiríamos las siguientes dos semanas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>Aquel año me tocaba hacer la promesa, que consistía en la celebración de una ceremonia solemne, similar a los votos que hace un monje novicio para acceder a la vida espiritual plena, o la jura de bandera de un militar. En ella, nuestros jefes, colocaban a los noveles un foulard alrededor del cuello, que certificaba que durante el curso habíamos asimilado las enseñanzas de Sir Robert Baden Powell, el fundador del movimiento <em>Scout</em>. Hacer la promesa, te convertía&nbsp; en miembro de pleno derecho de la agrupación e implicaba comprometerte con valores tan abstractos como la lealtad, la pureza y la abnegación u otros algo más concretos como el respeto y amor a la naturaleza.</strong></p>
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<p><strong>Durante los meses previos al campamento, me había preparado de forma intensiva bajo la tutela del referente que me habían asignado: un <em>boy scout</em> veterano que me hacía las veces de instructor, valedor, mentor y padrino, o como gusta ahora llamarlo la caterva de pseudo-psicólogos que se las dan de enterados, me hacía de <em>coach</em>. La verdad, es que puse mucho interés en mi formación y no sólo me aprendí de memoria los principios fundamentales de tan reputada doctrina, sino que además me esforcé en comportarme conforme a las prácticas que determinaba la norma. Nuestro lema era “ <em>Tant com puc</em>”, que traducido significa, tanto como pueda, que vuelto a traducir, quiere decir que teníamos que poner el máximo de nuestra parte para hacer lo que fuera. Bueno, lo que fuera no, lo que nos decían que había que hacer, puesto que también allí, como siempre ha sido en casi todas las corporaciones, colectivos o asociaciones, unos mandaban y &nbsp;otros tragaban y a los nuevos nos tocaba tragar. Pero aun así, tengo que reconocer que aprendí cosas muy útiles y adopté hábitos que perduraron hasta el final de mis días, como por ejemplo, el aseo personal y la pulcritud en el vestir y el lenguaje.</strong></p>
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<p><strong>Pocos días antes de la promesa, empezamos a dedicar parte del tiempo a ordenar, limpiar a fondo y engalanar las zonas comunes como la cocina de campaña, la despensa, el espacio de asambleas donde nos reuníamos cuando había que tomar decisiones conjuntas o el sitio de eventos varios, que ampliamos debidamente para acomodar a los familiares que &nbsp;asistirían a la ceremonia. Al amparo de unas ramas de abeto blanco, construimos un altar con piedras planas apiladas tras el cual el mosén de la agrupación celebraría una misa. Tensamos y cepillamos la lona de las tiendas, y para facilitar a los visitantes la localización del enclavamiento en cuestión, como <em>Google maps </em>aún no existía, recortamos flechas de cartulina amarilla que las enganchamos estratégicamente cada treinta o cuarenta metros, en los troncos de los árboles que había desde &nbsp;el aparcamiento de la carretera hasta el campamento en medio del bosque.</strong></p>
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<p><strong>Todo tenía que estar previsto y en perfecto estado de revista, y nosotros, los que hacíamos la promesa, limpios, pulcros, bien vestidos y repeinados. Y todos lo estaban. ¿Todos? Casi; todos menos yo. ¿Y por qué? Pues resulta que –y permítanme retroceder en el tiempo para ponerlos en antecedentes-, durante el invierno y la primavera anteriores, la industria textil catalana incorporó un novedoso tejido producido a partir de un polímero natural: el rayón. Una fibra suave, ligera, cómoda, absorbente y de tacto similar al lino o el algodón. Los manufactureros de la época lo empezaron a utilizar indistintamente para fabricar camisetas, jerséis, pantalones, braguichuelas o gayumbos y, un servidor, al ser hijo de empresarios del sector textil catalán, hacía ya meses que por expreso deseo de su padre y su madre, usaba en exclusiva los calzoncillos del versátil y absorbente rayón. Del absorbente rayón.</strong></p>
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<p><strong>No tuve problema alguno con el dichoso tejido de moda, hasta que pasada una semana de estadía en el campamento, me entró un día un hambre tal, que me impelió rescatar del fondo de mi mochila y comerme en un plis, un sándwich en mal estado de aguacate, mayonesa, tomate y atún. Y fue de tal calibre la gastroenteritis que sufrí los subsiguientes días con sus correspondientes noches, que me obligó a cambiarme de calzoncillos siete u ocho veces por día y a lavarlos sin tregua a escondidas en el río, para evitar el escrache de mis compañeros.</strong></p>
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<p><strong>Era una diarrea suelta, de textura viscosa, carente de fibra aglomerante y muy pegajosa. De un marrón claro amarillento, similar al de un buen güisqui de malta reserva doce años, un Glen Grand o mismamente un Cardhu para que se hagan más a la idea. Y apestaba tanto que espesaba el aire.</strong></p>
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<p><strong>Mermado por la inoportuna afección pero con el firme propósito de llegar al día de la promesa en las mejores condiciones posibles, a las actividades en grupo propias de la vida al aire libre, tuve que añadir las mías, enfocadas fundamentalmente a subsanar las consecuencias de tan tremenda colitis. Básicamente se trataba&nbsp; de cuidar al máximo mi higiene, cagarme lo menos posible para economizar mudas y evitar a toda costa que mis compañeros me vieran lavándolas.</strong></p>
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<p><strong>De manera que mi jornada comenzaba levantándome con sigilo poco antes del toque de diana, para dirigirme al río a lavar los calzoncillos del día anterior y ponerlos a secar camuflados por las ramas de los árboles de los alrededores. A media mañana, cuando calculaba que ya estarían secos, me zafaba del grupo con cualquier excusa y deshaciendo el camino del río, los recuperaba metiéndolos en un zurrón de lona gris con hebillas metálicas y correas de cuero, que no levantaba sospechas por ser muy común entre la clase progre de la época y en especial los <em>scouts</em>. Por la tarde lo mismo: a la hora de la siesta, con el pretexto de ir a estirar un poco las piernas, volvía al recodo del río a frotar con ahínco y esmero, las manchas que de antemano, por culpa de lo absorbente del dichoso rayón, sabía que no&nbsp; podría eliminar por completo, aunque sí disimular hasta que se confundieran con el color que por frotamiento reiterado, adquiere una prenda cuando se usa en exceso. Evacuar, lavar, secar, recoger y volver a evacuar cerrando el círculo que se repetiría, hasta que decidieran mis intestinos, el virus completara su ciclo, o me hartara de lavar calzoncillos.</strong></p>
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<p><strong>Cada vez quedaba menos para la celebración de la de la promesa y yo pensaba que si persistía en mis quehaceres diarios, podría asistir a la magna ceremonia con el margen suficiente para, por lo menos, hacer los votos vistiendo una muda limpia y teniendo un par más de repuesto para llegar hasta la noche. Pero mis aspiraciones se vieron truncadas cuando dos días antes, en el transcurso de otra de las &nbsp;fastidiosas yincanas que se celebraban a días alternos, un grupo de scouts interpretó como una pista que formaba parte del juego, unos calzoncillos blancos colgados de un pino. Parece ser que pensaron que el original bodegón, era la señal inequívoca que les conduciría a la obtención del trofeo de ganadores: un tarjetón &nbsp;sellado para repetir de macarrones al mediodía.</strong></p>
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<p><strong>- Están colgados con el camal señalando al Noroeste– proclamó uno de ellos-. Tenemos que ir en esa dirección, ¡está clarísimo! Vamos, seguidme, no perdamos tiempo-. Y ni cortos ni perezosos, los chavales se fueron en dirección Noroeste dispuestos a andar los kilómetros que hiciera falta en busca de la visa para los macarrones. Y a mí, que para no ser descubierto me había escondido detrás de las ramas del pino, como es natural, no me salió de las narices decirles que se equivocaban, que si continuaban en esta dirección, se plantarían a media tarde en las pistas de esquí de La Molina, y que por descontado se quedarían sin los anhelados macarrones. “Vaya trofeo roñoso”, pensé: “repetir de macarrones”. Así que nada, dejé que&nbsp; los chicos se marcharan y me incorporé disimuladamente a otra de las patrullas &nbsp;que también participaban en el juego y caminaba en sentido contrario.</strong></p>
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<p><strong>Pero terminada la yincana, durante el recuento de la hora de comer, faltaban los seis chavales que habían seguido la pista falsa, y los monitores, muy preocupados, decidieron hacer una batida por el bosque para encontrar a los compañeros perdidos.</strong></p>
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<p><strong>- Vosotros buscad desfiladero arriba hasta llegar a la cumbre – ordenaba a voces uno de ellos- Y vosotros, en abanico recorriendo el valle hasta el pueblo. Los que quedáis, formad otro grupo y buscad rio abajo hasta la laguna. No pueden andar muy lejos, hay que encontrarlos cuanto antes, los macarrones fríos no valen nada. De modo que como me tocó el grupo que tenía que seguir el río, pensé que los guiaría hasta los calzoncillos tendidos y luego ya me las arreglaría para convencerlos de que siguiéramos buscando hacia el Noroeste. Más tarde o más temprano daríamos con ellos, seguro.</strong></p>
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<p><strong>Poco antes de llegar al remanso del río, fingí darme cuenta de que de la rama de un pino pendían unos gayumbos.</strong></p>
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<p><strong>-¡Fijaos!- alerté - Estoy convencido de que han seguido esta pista, hagamos lo mismo, mi lógica me dice que es por aquí- Aparté a mis compañeros, me coloqué el primero y apuntando con el índice al cielo, bajé el brazo de una sacudida cual tenista ejecutando un saque para <em>match ball</em> y grité&nbsp; ¡Adelante!</strong></p>
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<p><strong>Recorridos tan solo unos metros, otro de los <em>scouts</em> corroboró mi acertada decisión, haciéndonos notar que más adelante colgaban de otra rama unos segundos calzoncillos orientados al Noroeste también, cosa que me dio que &nbsp;pensar si habría alguna razón de peso o yo mismo acarreara algún trauma insospechado, que pudiera haber influido a la hora de poner a secar los eslips con el camal apuntando hacia Andorra, es decir, al Noroeste. Pero el pensamiento duró instantes y como estaba convencido de que siguiendo estas pistas pronto daríamos con los muchachos, decidí seguir liderando el grupo i guiarlo hasta la última arboleda donde de buena mañana había puesto a secar el resto de mi ropa interior.</strong></p>
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<p><strong>Y sí, allí encontramos a los chavales hurgando entre la maleza, convencidos de que el círculo que dibujaban los siete calzoncillos restantes, colgando de siete ramas de siete pinos, constituían la pista definitiva con la que culminaba el juego y determinaban, inequívocamente, el perímetro en el que estaba escondido el tarjetón sellado.</strong></p>
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<p><strong>-!Eeeh, eeeeh, eeeeh!- Proferí a voces al verlos a lo lejos- dejad de buscar. Hace ya mucho rato que la yincana ha terminado. Todo el mundo os anda buscando, nos teníais muy preocupados.</strong></p>
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<p><strong>- ¿Dejarlo? ¡Y un rábano mequetrefe!- me contestó airado el más veterano de la patrulla- Nosotros somos un equipo ganador, nunca nos rendimos. ¿Te crees que abandonaremos ahora teniendo a tocar la victoria? Anda, largaos y decid a los monitores que&nbsp; sólo regresaremos para demostrar que hemos ganado</strong>.</p>
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<p><strong>- ¿Que nos larguemos? ¡Pero si os hemos venido a rescatar! No tenéis ni idea de la que habéis liado, ni dónde estáis ni tampoco dónde vais. Venga seguidnos y regresemos al campamento a tiempo, antes de que den parte a las autoridades y se organice la de dios es cristo.</strong></p>
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<p>-<strong> No sin el tarjetón sellado- insistió.</strong></p>
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<p>-<strong> Os equivocáis, aquí no termina la yincana ni tampoco hay tarjetón que valga- le recriminé advirtiendo de inmediato que acababa de cometer un &nbsp;error al decirlo</strong>.</p>
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<p><strong>- ¿A no? ¿Y tú cómo lo sabes?</strong></p>
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<p><strong>- Mmmm bueno, me lo parece, no lo sé -rectifiqué-. Lo que sí sé, es que todas las patrullas os están buscando y antes de que la guardia civil, los agentes rurales y voluntarios del pueblo organicen una batida de emergencia, hay que informar de que estáis sanos y salvos. Lleváis más de una hora extraviados. Habéis perdido la noción del tiempo ofuscados por una victoria más simbólica que otra cosa, porque no me negaréis, que un miserable plato de macarrones es nimia recompensa en comparación con el&nbsp; tiempo y el esfuerzo que le estáis dedicando.</strong></p>
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<p><strong>- ¡Cállate mamarracho!- contestó de malas maneras el arrogante <em>boy scout</em>-. Que sabrás tú del valor de la pasta italiana.</strong></p>
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<p><strong>Los segundos de silencio que sucedieron al desafortunado improperio, nos parecieron a todos eternos. Sólo se oía el murmullo de las hojas de los árboles danzando a merced de la suave brisa pirenaica, el del agua riachuelo abajo algo más lejos y ya a lo lejos del todo, el repicar intermitente de un pájaro carpintero que, ajeno a nuestra presencia, bien por ignorancia o por expresa inhibición -eso nunca lo supe ni tampoco viene a cuento-, decidió que aquel soleado día de julio, era el adecuado para&nbsp; complacer a su pareja y abordar una pequeña reforma que hacía tiempo que le venía pidiendo: agrandar un poco más la entrada del nido para que entrara más luz, y hacer espacio a los cuatro polluelos que en breve vendrían al mundo. Toc, toc, toc. Silencio. Toc, toc. Silencio. Toc, toc, toc, toc y así todo el rato hasta que a uno de los <em>scouts</em> se le ocurrió preguntar.</strong></p>
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<p><strong>- ¿La guardia civil? ¿Agentes rurales y voluntarios de Castellar de n’Hug? ¿De qué estás hablando? ¿Entonces es verdad que todo el mundo nos busca?</strong></p>
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<p>-<strong>¡Pues claro! Venga, volvamos sin más dilación, el tiempo se nos echa encima.</strong></p>
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<p><strong>- Está bien, volveremos con vosotros, pero aportando las&nbsp; pruebas de que hemos llegado hasta aquí. Chicos –ordenó el cabecilla-, recoged los calzoncillos, nos los llevamos.</strong></p>
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<p><strong>- ¡Así se habla!- le alentaron sus compañeros. Y sin pensarlo dos veces, fueron descolgando uno a uno, cada uno de los siete calzoncillos que pendían de las siete ramas de los siete pinos &nbsp;distintos.</strong></p>
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<p><strong>Estupefacto por lo que estaba viendo, asumí de inmediato que casi con toda probabilidad me tocaría hacer la promesa quito de ropa interior. Y resignado, me dispuse a encabezar la expedición de retorno, cavilando si quizás podría encontrar la manera de recuperar ni que fuera alguna de las prendas, sin que nadie&nbsp; se enterara. Pero si algo estoy aprendiendo aquí –pensé-,&nbsp; es a no arredrarme ante nada y a superar los contratiempos por dificultosos que sean con serenidad, coraje, arrojo y ante todo dignidad. De manera que pase lo que pase, será lo que tenga que ser, yo la promesa la tengo que hacer.</strong></p>
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<p><strong>Y así fue, puesto que el día de la regia ceremonia, vistiendo tan sólo botas y calcetines de montaña, pantalones cortos de pana azul y camisa gris de algodón, me comprometí públicamente &nbsp;a hacer todo lo que de mí dependiera, para ayudar al prójimo y cumplir con los preceptos de un buen <em>boy scout. </em>No recuerdo exactamente el enunciado original, pero más o menos empezaba diciendo: “Yo, Tito Garraf, vecino de Barcelona y actualmente pasando unos días de campamento en el pintoresco pueblo de Castellar de n’Hug, por voluntad propia y en plenas facultades mentales, (cosa que más tarde se demostró incorrecta), prometo cumplir con los preceptos que estipula la ley del <em>scout</em>, respetando y ayudando a todo el que… Y fue en el momento que &nbsp;decía “el que” cuando noté un corrido de intensos espasmos intestinales que me hicieron temer lo peor. Así que que no tuve otra alternativa que terminar precipitadamente el&nbsp; juramento, hacer el saludo <em>scout</em> y salir disparado hacia el bosque con el tiempo justo para agazaparme detrás de unos &nbsp;acebos, relajarme, y dar sonora rienda suelta a mis tripas. Listo, pensé. Promesa hecha y por el momento aliviado, prosigamos. Pero ya en pie, subidos los pantalones y abrochado el cinturón, tomé consciencia de la delicada situación en que me encontraba, teniendo en cuenta que cuando regresara de mi fugaz escapada, no sólo sería conveniente explicar la razón por la qué me piré de repente, sino que habiendo hecho la promesa estaba irremisiblemente obligado a ello.</strong></p>
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<p><strong>Fue la particular inspiración que poseen únicamente mentes creativas y lúcidas como la mía -que por cierto, conservé hasta el mismísimo día que abandoné el mundo-, la que me asistió de súbito, ofreciéndome cuatro desenlaces posibles para que escogiera el que más me conviniera. A saber:</strong></p>
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<p><!-- wp:list {"ordered":true,"type":"a"} --></p>
<ol type="a">
<li><strong>Desaparecer.</strong></li>
<li><strong>Ir presto y directo a recoger todas mis pertenencias, meterlas en la mochila y bajar hasta el aparcamiento de la carretera para esperar en el coche a que llegaran mis padres. O sea, desaparecer también, pero no por arte de magia sino de manera ordenada.</strong></li>
<li><strong>Ahorrarme las explicaciones, apartarme unos metros de los acebos y revolcarme de dolor por el suelo fingiendo que me había picado un &nbsp;tábano, un escorpión o una víbora.</strong></li>
<li><strong>Regresar&nbsp; a la zona de ceremonias, hacer el saludo <em>scout</em> y reincorporarme al grupo como si nada.</strong></li>
</ol>
<p><!-- /wp:list --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y mientras evaluaba cuál era la mejor de las opciones, escuché desde lo más profundo del bosque, el eco de mi nombre que se reproducía cada vez más veloz pero también más débil, escueto e intrascendente. Titooooooo, Tito, Tito, Tito, Tito, Tito… Me quedé inmóvil. No supe qué hacer ni tampoco qué decir: si contestar preguntando quién me llama, o responder que no está, que ha salido a por un encargo y me ha dicho que les diga que se va a retrasar. Titooooooo, Tito, Tito, Tito, Tito, Tito… Pasados un par de minutos, habiendo escuchado más de cien veces mi nombre, reconocí a uno de nuestros monitores que asomaba la cabeza por detrás de unas ramas y escrutándome de arriba abajo me preguntó.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Estás bien? ¿Sigues indispuesto o ya te encuentras mejor?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Se me vino el mundo encima. Me estremecí, no sólo ante la evidencia de que ya se conocía mi estado, sino además, por la incógnita de no saber desde cuando se sabía, de los días que hacía que mis esfuerzos eran infructuosos y por lo tanto en balde, y del tiempo que llevaba engañado pensando que era yo el que engañaba. Pero sobre todo, por lo ridículo de haber estado ocultando algo de lo que todo el mundo ya estaba al caso.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Desde cuándo lo sabéis? ¿Por qué no me habíais dicho nada? ¿Por qué ahora?- pregunté con voz trémula, pausada, casi susurrando – ¿Por qué ahora?- Repetí.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Escucha Tito - empezó el monitor- Yo también fui <em>boy scout</em>. Ahora soy monitor y los que llevamos tiempo en esto podemos reconocer a la legua cuando un chico está bien o está mal, es nuestro trabajo. Hace días que sabíamos lo que te pasaba, lo comentamos entre nosotros y viendo que no nos decías nada, pensamos que lo mejor sería observarte a distancia y esperar a que nos pidieras ayuda cuando tú decidieras. Acordamos, eso sí, asegurarnos de que nada grave te ocurría y decidimos indagar dónde ibas y qué es lo que hacías cuando te escabullías del grupo. Hicimos turnos para seguirte por las mañanas y también por las tardes: cuando volvías a por la ropa seca que habías lavado en el río. Observamos tu preocupación, tu padecimiento, pero también &nbsp;advertimos tu gran fortaleza y respetamos la determinación que tomaste de superar en solitario el trance. Discretamente, con templanza pero también con audacia y arrestos. Te dejamos hacer, y nos preguntábamos hasta cuando podrías o querrías ocultar lo mal que lo estabas pasando. ¿Sabes? Algunos de nosotros incluso apostamos a que no llegarías a hacer la promesa. Pensábamos que más pronto que tarde te darías por vencido y nos pedirías socorro. Y cuando esto ocurriera, allí estaríamos nosotros para ayudarte, para reconfortarte o simplemente para estar a tu lado. Pero nos equivocamos: pasaban los días y no te rendías, y cada día que pasaba nos sorprendía más tu tesón, tu firmeza y tu empeño. No desfallecías, no mostrabas signos de debilidad. No abandonabas, no abandonaste.</strong> <strong>Empezamos a pensar que en tu actitud subyacía algo mucho más profundo que la simple vergüenza o el temor a la burla. Algo que te impulsaba a seguir adelante, &nbsp;te comprometía contigo mismo y añadía a tu natural valentía, el punto justo de amor propio que corrige al orgullo y lo convierte en virtud. Podías haber abandonado, decir que te encontrabas mal, que te lleváramos al médico para que te mandara a casa o que vinieran a buscarte tus padres. Hubiera sido más fácil y todos lo hubiéramos comprendido. ¿Dónde está Tito? preguntarían tus compañeros. Y nosotros, les diríamos que te habías encontrado mal y que aun no siendo nada grave, el médico, por precaución te había mandado a casa. Podías haberlo hecho, sí, &nbsp;pero no lo hiciste. Decidiste seguir, ponerle coraje al asunto y culminar tu misión: hacer la promesa de <em>scout</em>. Veíamos que sufrías, Tito, pero tú &nbsp;ya te habías trazado un camino; particular, exclusivo, independiente. &nbsp;Quiero que sepas, que para nosotros, tu actitud no ha sido sólo un ejemplo sino una lección que damos por bien aprendida y que en adelante practicaremos. Porque la promesa que hace un rato que acabas de hacer, hace ya días que la venías cumpliendo y eso le confiere un valor añadido; el valor de la acción, de lo que haces por encima de lo que dices que te comprometes a hacer. El valor de las obras, que siempre fueron, van y pasarán por delante de cualquier declaración de intenciones, de cualquiera de las promesas. Gracias Tito – continuó- Mente abierta, oído cocina. Ven conmigo, regresemos con tus compañeros, con sus padres, con sus madres y con los tuyos, que a buen seguro estarán tan orgullosos de ti como todos &nbsp;nosotros lo estamos. Vamos.- Y pasándome el brazo por detrás de la espalda caminamos juntos hacia el corro donde nos estaba esperando &nbsp;la gente.</strong></p>
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<p><strong>Mientras nos acercábamos, se oyó la voz de uno de mis compañeros que no recuerdo bien si dijo&nbsp; <em>“tan com puc”</em> o&nbsp; <em>“sempre a punt”</em>. Da igual, porque lo importante no es lo que dijo sino lo que sucedió después: Se abrió el corro para dejarnos paso y el monitor me exhortó a que me quedara en el centro e hiciera el saludo <em>scout, </em>cosa que hice porque él me lo dijo. Pero como después no sabía cómo seguir, no se me ocurrió otra cosa que romper el silencio gritando alto y fuerte&nbsp; <em>“ Tan com puc, sempre a punt”</em>. A lo que el grupo me respondió al unísono de la misma manera&nbsp; <em>“Tan com puc, sempre a punt”.</em> Y yo, como seguía igual de pasmado allí en medio, volví a repetir&nbsp; “<em>Tan com puc, sempre a punt</em>” y el grupo me respondió otra vez lo mismo. Y así varias veces hasta que desde las últimas filas del público que presenciaba la ceremonia, arrancó el aplauso solitario y pausado de un padre, al que poco a poco se fueron sumando más padres, más madres, los &nbsp;monitores y finalmente todos mis compañeros. “¡Viva, <em>sempre a punt, tan com puc!”</em> se oía de vez en cuando entre los aplausos cada vez más sonoros y generalizados.</strong>&nbsp;<strong>De pronto, de no se sabe dónde, aparecieron planeando unos calzoncillos limpios que a modo de paracaídas, descendían balanceándose de camal a camal hasta quedar perfectamente encajados en la cabeza del mosén. Más risas, muchas risas y muchos aplausos y el mosén, indulgente, se descubrió la cabeza y agitó los eslips a la vez que repetía <em>"Tan com puc, sempre a punt, ara sí."</em> Y se conoce que "<em>ara sí</em>", era la señal convenida para que el resto de los presentes, cual promoción de universitarios lanzando sus birretes al aire el día de su graduación, hicieran lo mismo con sus mudas de repuesto. Así que de repente, el cielo se cubrió&nbsp; de calzoncillos, camisetas, toallas y un rollo de papel higiénico que quedó enredado entre las ramas de un pino. La alegría era desbordante y la creciente felicidad parecía que no llegaba a su fin, puesto que cada instante, superaba al anterior en intensidad y esplendor y retrasaba un clímax que se iba acercando pero que nunca llegaba.&nbsp;</strong></p>
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<p><strong>Pero llegó, claro que llegó, después de que mis compañeros me mantearan y abrazaran, los monitores me felicitaran, y de que mi madre, que desde la distancia me observaba junto al mosén, me saludara tímidamente levantando la mano como si la cosa no fuera con ella; dejándome espacio para saborear aquellos momentos que por irrepetibles, ella entendió que sólo me pertenecían a mí.</strong></p>
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<p><strong>- ¿Sabes hijo?- Se acercó a decirme mi padre- La semana pasada, en la reunión de la &nbsp;comisión técnica de la empresa, decidimos retomar la fabricación de calzoncillos de algodón. Por lo visto, el rayón es un tejido demasiado absorbente y da problemas con el lavado a mano, así que ya ves, cuando una cosa funciona &nbsp;mejor no tocarla, no hace falta innovar. Y dándome unos golpecitos en la espalda, lo que empezó con una incipiente sonrisa, lo convirtió en sonrisa y lo terminó a carcajadas. “A buenas horas mangas verdes” pensé. “Vaya, me alegro, si lo dice la comisión técnica…” le contesté sin mirarlo, forzando una más que leve sonrisa.</strong></p>
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<p><strong>- Anda ve a darle un beso a tu madre que está deseando achucharte- continuó, al tiempo que se agachaba y me pellizcaba suavemente las mejillas- Está orgullosa de ti, ¿sabes? Y yo también, los dos lo estamos-. Por un momento, dudé si sus ojos humedecidos eran fruto del ataque de risa que le acababa de dar o de otro de ternura, que viniendo de mi padre parecería en principio improbable, pero no del todo imposible.</strong></p>
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<p><strong>Me abrí paso entre la multitud para acercarme a mi madre. Necesitaba más. Me faltaba la guinda del pastel: compartir mi alegría con la persona que más se lo merecía, con la que más feliz se sentía. Así que con una sonrisa de oreja a oreja, empecé a caminar hacia donde ella me esperaba fijando mi mirada en su rostro y dejándome querer por la suya. Tocaba relajarme, bajar del cielo a la tierra y sumergirme de nuevo en &nbsp;la realidad. Realidad, he dicho realidad. Aunque para ser sincero y exacto debería decir, “la dura realidad”. Ya que el final de la secuencia no fue el que cabría esperar, puesto que &nbsp;instantes antes &nbsp;de fundirnos en el más tierno de los abrazos, otro súbito retortijón me obligó a apretar el paso, el culo y a cambiar de dirección dejando de lado a mi madre, pasar de largo al mosén, y a concentrarme únicamente en encontrar presto un refugio discreto donde volver a agacharme y volver a cagar. Cosa que hice por enésima vez después de haberme zampado aquel maldito sándwich de aguacate, mayonesa, tomate y atún, y pocos momentos antes, ahora sí,&nbsp; del intenso achuchón que se merecía mi madre y que yo necesitaba.</strong></p>
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<p><strong>-Se acabó, mamá. Ya os dije que no quería ser <em>boy scout</em>- le susurré a la oreja rodeando con mis brazos su cuello.</strong></p>
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<p><strong>- Ya lo eres. Has hecho la promesa, ¿recuerdas? Aunque después de todo lo que has pasado yo diría que te mereces un buen  descanso.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Y papá? ¿No me obligará papá?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>- La promesa es irreversible, Tito: no hay marcha atrás. Cuando la haces pasas a formar parte de un&nbsp; grupo con el que compartes los mismos valores y los lazos perduran por mucho tiempo que pase. –oí que decía mi padre desde detrás- Aunque como bien dice tu madre, me parece que te has ganado una bula. No creo que tus jefes tengan nada que objetar si les informo de que regresas con nosotros a Barcelona. Después de todo, según me han contado ellos mismos, lo que has prometido hace un rato, hacía días que lo venías cumpliendo. Así que venga, recoge las cosas que nos vamos a Barcelona ¿A Barcelona? ¡Qué digo! Castellar de n’Hug no queda tan lejos de la Costa Brava. Conozco un restaurante en El Port de la Selva donde hacen el mejor arroz de pescado del mundo. Se llama “El mejillón tolerante”. Como aún no se han inventado los teléfonos móviles, no podremos avisar para que nos reserven mesa, pero el dueño es amigo mío y seguro que nos encontrará un hueco. Tenemos tiempo de sobra para tomarnos un baño y comer.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Y quedarnos el fin de semana en un hotelito hasta el lunes- apuntilló mi madre.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- De acuerdo, y quedarnos en un hotelito. En un hotelito barato, muy baratito- respondió condescendiente.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Lo prometes?-Lo prometo, mujer, lo prometo, yo nunca miento. Y el lunes recogemos a tus hermanas y empezamos las vacaciones juntos, en familia, como deben de ser unas buenas vacaciones.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Sáltate el primer paso papá - se me escapó en un tono rayano a la repelencia. -No prometas, pasa directamente a la acción, yo lo he hecho y ya ves como he triunfado.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Anda hijo, vete haciendo la mochila que yo mientras voy a hablar con los monitores. Les diré &nbsp;que el <em>boy scout </em>&nbsp;ejemplar, el valeroso, el de la diarrea, se va con sus padres a un hotelito de la Costa Brava. Que por el momento no tiene intención de prometer nada más y que ya veremos si de cara al año que viene, seguirá viniendo o lo deja. Como los lazos duran por mucho tiempo que pase, igual no hace falta que vuelvas. Te lo has ganado sabihondo. ¡Venga, espabila!</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- <em>Tan com puc, sempre a punt- </em>&nbsp;exclamé antes de salir disparado hacia la tienda de campaña a recoger mis cosas.</strong></p>
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<h1 style="text-align: center;">* * *</h1>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Siempre me sedujeron en vida, las historias que terminaban bien: cuentos, novelas, películas o cualquier narración que acabara de manera redonda, honesta, relajada y feliz, sobre todo feliz. Me tranquilizaba constatar que al final, los malos siempre reciben su merecido, y los buenos su justa recompensa. Ya ven, caprichos que uno tenía, manías si quieren que ya no me valen, porque ahora soy yo el que las cuento, y cuando comienzo a explicarlas &nbsp;se de sobra cómo concluyen porque me sucedieron a mí. He aquí&nbsp; el desenlace, el último plano de un cortometraje donde el mal no estuvo presente pero sí el sufrimiento. Donde se sucedieron &nbsp;los hechos de forma imprevista, pero no inverosímil. He aquí el predecible final de una peli como las que a mí me gustaban, y me siguen gustando aunque ya no las vea, aunque ya no las viva.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph {"align":"center"} --></p>
<p class="has-text-align-center"><strong>Exterior día. Plano general del monte bajo del pirineo catalán. Alrededores de Castellar de n’Hug.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Los rayos del sol de mediodía se cuelan entre las ramas de la espesa arboleda de abetos. Un padre, una madre y su hijo que carga a la espalda una mochila más grande que él, se alejan por el sendero que conduce a la explanada donde tienen aparcado su coche. Se les ve a los tres contentos, dichosos. A lo lejos, se oye el bullicio de mayores y niños, el repicar amable de un pájaro carpintero y el alboroto del agua de del río precipitándose entre las rocas, desde la cumbre de las montañas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>Hasta nunca <em>boy scouts</em>.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
]]></description>
		
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		<title>Capítulo 5  Una de cal y otra de arena.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tito Garraf]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 02 Dec 2018 13:19:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y enmendé y superé muchas cosas en la vida, menos la galopante artrosis que se presentó prematura cuando rondaba los cuarenta, y me tuvo menguado hasta el final de mis días. Convendrán conmigo los que la padecen -y a los que no les informo-, que siendo como dicen los médicos una enfermedad de momento incurable, lo mejor que uno puede hacer, es resignarse a sufrirla de manera digna y consciente, no andar quejándose día sí día también, y confiar en que la ciencia se apresure y haga pronto efectivas las tan anunciadas técnicas de regeneración por medio de células madre, o la impresión de tejidos 3D. Pero por el momento toca joderse. Como yo me jodí acostumbrándome al dolor y adaptándome como pude a las limitaciones de movilidad que gradualmente se fueron presentando y terminaron por obligarme a andar con bastón.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>En la ciudad hacía un calor sofocante que los barceloneses, acostumbrados a los rigores del estío mediterráneo, soportábamos con estoicismo duchándonos unas cuantas veces al día, refugiándonos en nuestras casas o en locales públicos con el aire acondicionado a toda pastilla, o pasando el día en la playa, bajo una sombrilla, metiéndonos en el agua cada dos por tres.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Sin ningún tipo de fundamento científico ni tampoco médico, más por la necesidad de creer que mi artrosis tenía remedio, que por conocimiento objetivo, se me había metido en la cabeza que los baños de mar me favorecían, me aliviaban el dolor y me procuraban un bienestar que sólo la playa me podía ofrecer. Por contra, la Despe pensaba que las constantes propuestas que desde junio hasta septiembre le hacía para ir a bañarnos, respondían sin lugar a dudas a mi voyeurismo compulsivo y a las delirantes expectativas que me creaba, pensando que algún día podría pillar en la playa. No le faltaba razón, tengo que reconocer que lo de la artrosis era más una excusa que una razón, y que por más que lo intenté, nunca en mi vida ligué en la playa. Pero a mí me daba igual lo que pensara ella y cada vez que se lo proponía, justificaba mi ofrecimiento basándome exclusivamente en motivos terapéuticos. Decía, por ejemplo, que igual que hay quien prefiere <a href="https://hausarbeit-schreiben.com/seminararbeit-schreiben-lassen/" style="color: inherit; text-decoration: none;">Seminararbeit schreiben lassen</a> —como dicen en Alemania cuando encargan trabajos académicos— yo necesitaba baños de mar. Así que aquel domingo por la mañana, mientras ella desayunaba, se lo volví a preguntar.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Qué Despe, hoy sí que sí ¿verdad? - Le inquirí mientras se limpiaba con el papel de cocina, los restos de madalena mojada en café con leche que le chorreaban por la comisura de los labios.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Qué sí, qué sí, qué?- me contestó después de tragar.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Que sí que vamos a la playa ¿no? Ya sabes lo bueno que es para la artrosis y lo bien que nos lo pasamos juntos los dos.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Qué nos lo pasamos bien dices? ¿Pero qué te has tomado? Por lo menos hace veinte años que no pasamos siquiera un minuto agradable. Ya sabes que estamos juntos por puro interés: yo porque no tengo dónde caerme muerta y tú porque con la artrosis que tienes, apenas te mantienes en pie. Lo nuestro es un acuerdo tácito, Tito, un matrimonio de conveniencia. Otra cosa es que, más mal que bien, algo de compañía nos hacemos, pero pasarlo bien, lo que se dice pasarlo bien, ni en sueños, chato.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Pues por eso Despe, deberíamos darnos otra oportunidad y reenamorarnos, pero para eso tenemos que poner cada uno de nuestra parte. Dicen que es aconsejable que se intente en entornos apropiados y la playa de la Barceloneta es un lugar inmejorable. Además, hace un calor que te cagas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Y a ti qué te hace pensar que yo tengo ganas de reenamorarme de ti so merluzo?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Se adivina en tu mirada. &nbsp;Yo sé que en el fondo ardes en deseos de revivir los tiempos en que tú y yo éramos una misma cosa, en los que susurrándonos palabras de amor y magreándonos hasta la escocedura, congelábamos los atardeceres en el rompeolas, eternizando cada minuto y cada segundo, para perpetuar el tesoro más grande que dos personas puedan poseer: El amor; aquel amor infinito al que instantes después de conocernos, nos abandonamos tú y yo sin reticencias ni condiciones y nos convirtió en cómplices de por vida. Me viene a la memoria aquel día que…</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Vale, vale ya te acompaño-.&nbsp; Me dijo mientras metía la taza vacía en el lavaplatos, - pero antes, tendremos que pasar por el Corte Inglés que me quiero comprar un biquini.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- No hace falta mujer, ¿Por qué no te pones aquel triquini &nbsp;gris que te regalé cuando fuimos de crucero por el Delta de Ebro? Te quedaba muy bien. Aún recuerdo cómo se fijaban en ti todos los cruceristas mientras cenábamos mejillones a la marinera en la cubierta de popa. Había que ver el ruido que hacías sorbiendo la salsa directamente de la cazuela de barro, ji ji ji, ja ja ja. Estabas encantadora Despe…</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- A ver besuguín, el bañador me lo regalaste hace ya cinco años. El gris no es color de verano. El triquini ya no está de moda y no es verdad que me quedase tan bien: me realzaba demasiado el busto y los pezones se me quedaban mirando a Cuenca. ¿Tanto te cuesta pasar un momento por el Corte Inglés?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Es que no va a ser un momento, Despe. Si pasamos por el Corte Inglés se nos hace de noche. Anda mujer, hagámonos un par de bocatas, pillémonos una gaseosa de litro y medio y vayámonos directamente a la Barceloneta, no me putees.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Cuando a la Despe se le ponía algo entre ceja y ceja no había manera de quitárselo de la cabeza. Era tozuda con ganas. La particular manera que tenía de imponer su criterio, consistía en darle a uno la espalda, cruzar los brazos por encima del pecho y pronunciar una sola palabra que sintetizaba lo que ella decidía que era verdad o había que hacer. Nunca atendía a razones.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Cor-teing-glés- Fue lo que dijo en aquella ocasión- glés, glés, glés.- Continuó repitiendo &nbsp;por si no me había quedado claro que, o íbamos al Corte Inglés o me quedaba sin playa.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Vale, vale vale. Pues vayamos al Corte Inglés, compremos tu dichoso biquini y dirijámonos prestos hacia la costa. Venga no perdamos más tiempo. Cúrrate los bocatas que yo voy preparando la sombrilla, las toallas y el protector solar. Me llevaré también las aletas y las gafas de bucear, nunca se sabe, a lo mejor con suerte podría pescar algún pulpo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Tito.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Que.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Relájate, no creo que sea buena idea que te pongas a hacer pesca submarina a tus 87 años. No aguantarías ni la primera apnea. Mejor te olvidas de los pulpos y te quedas en la orilla comiendo el bocata, bebiendo gaseosa y haciendo castillos de arena. Por cierto ¿de qué lo quieres el bocata?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- De pulpo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Dios que cruz… Te lo haré de paté en pan de molde, así lo masticas mejor y no te atragantas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Vale pues de paté.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y así fue como al cabo de cuatro horas y media llegamos a la playa de la Barceloneta, habiendo pasado por El Corte Inglés y habiendo comprado un biquini estampado con motivos marineros, entre los que se podía distinguir un ancla de tres brazos, dos estrellas de mar, un flotador de socorrista blanco con una franja naranja y una lata de berberechos a medio abrir. Era feo con ganas, pero estaba muy bien de precio y a la Despe le encantó.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Como siempre en verano, la playa estaba abarrotada de gente. El único sitio que encontramos para extender las toallas y plantar la sombrilla, fue un minúsculo espacio que había detrás de las hamacas de pago, entre la torre de vigilancia del socorrista y el chiringuito de helados, mojitos y paellas precocinadas. Mientras la Despe se despojaba del pareo que cubría su horrendo biquini, yo terminé de fijar la sombrilla en la arena, me quité los bermudas, me calcé los pies de pato y me fui andando de espaldas hasta la orilla, sorteando como pude cuerpos y cuerpos y más cuerpos de gente, untados en aceites de coco, aloe vera o lima-limón.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Ciao, Don Tiiito, come stai? Che bello rivederlo. Cosa fai a la Barceloneta?- Oí que me gritaban de lejos.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¡Hostia señorita Gigliola, qué agradable sorpresa! ¿Qué hace usted por aquí? - Fue lo único que se me ocurrió decir cuando la vi, espléndida ella en topless con su melena rubia recogida en un moño.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Pues ya ve Don Tito, aquí refrescándome un poco. Hace tanto calor en la casa, que apetece más darse un baño en el mar que andar por el piso en ropa interior ¿No le parece? - me contestó &nbsp;perfilando en su rostro una expresión connivente.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>-&nbsp; Je je sí, un bañito en el mar, claro, un bañito en el mar-.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Desde hacía ya algún tiempo, Gigliola y yo, habíamos establecido una particular relación de simbiosis que nos complementaba a la perfección y nos permitía dar rienda suelta a ciertas fantasías secretas, que si bien a nosotros nos parecían normales, no estaban en cambio bien vistas por la sociedad. Eran parafilias estándar, nada del otro mundo ni de lo que hubiera que avergonzarse, pero el hecho de compartir los dos el secreto de que a ella le gustara mostrarse y a mí me encantara mirar, nos excitaba extraordinariamente y reforzaba los vínculos de nuestra incipiente y recíproca devoción clandestina. La cosa funcionaba de la siguiente manera: Cada mañana, cuando la Despe se iba a comprar, yo me iba a la sala de estar, cogía la jaula de la cotorra y la colgaba en el tendedero de la galería. &nbsp;Tal como la colgaba, Adelita&nbsp; (que así se llamaba la cotorra), avisaba a Gigliola de que tenía vía libre para empezar su show, &nbsp;repitiendo tres veces seguidas el santo y seña que habíamos pactado. “Ciao Gigliola, il padrino è preparato, Ciao Gigliola, il padrino è preparato, Ciao Gigliola, il padrino è preparato” Tres veces, sí. Acto seguido, un servidor, sabedor de que ella se ponía en marcha y en breve empezaría la función, me quitaba los pantalones, los colgaba en el galán de noche y me subía a la taza del váter del aseo pequeño, para observar por la diminuta ventana que daba al patio de vecinos, los pases en ropa interior con los que me obsequiaría Gigliola, durante los veinte minutos siguientes. Empezaba con un vulgar pijama de punto que, inmediatamente substituía por un camisón transparente de encaje. A continuación, se paseaba con un salto de cama de satén de algodón a conjunto con medias de licra de estampado floral, &nbsp;y terminaba el primer bloque antes del descanso, con varios modelos vintage &nbsp;compuestos de medias de costura trasera y ligueros a juego. Después de la media parte que solía durar unos cinco minutos, reanudaba el desfile con ropa íntima de temporada de las conocidas casas Intimissimi&nbsp; y Calzedonia; dos marcas que según ella sostenía, tenían muy buena relación calidad precio y de ahí la gran popularidad que habían alcanzado entre el colectivo de chicas más jóvenes. La apoteosis final, consistía en un último pase envuelta en una toalla de baño que, en un momento dado fingía que se le soltaba y dejaba caer despreocupadamente al suelo, quedando en pelota picada delante de la ventana. Momento en el que me miraba, sonreía tímidamente y tapándose con las manos sus partes, hacía una gran reverencia esperando mi aplauso y los bravos que, por supuesto, de inmediato yo hacía efectivos. Por último, entraba de nuevo Adelita en escena anunciando el final del espectáculo, conminándonos a los dos a retomar nuestros quehaceres diarios: “la funzione è finita Ora per lavorare, la funzione è finita Ora per lavorare, la funzione è finita Ora per lavorare” Sí, tres veces también.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- He venido a la playa con unos amigos- Se apresuró a informarme Gigliola – Pero la verdad es que me aburren bastante: sólo hacen que beber cerveza, hablar de trivialidades y contar chistes malos. No son nada cultivados ni tienen parafilias interesantes como tenemos nosotros. Si le apetece, Don Tito, podríamos alquilar un patín a pedales y alejarnos un poco de la playa. Estaremos un rato tranquilos bañándonos y charlando de nuestras cosas, ya sabe ji, ji, ji… Pago yo, por supuesto- .Y sin darme tiempo a reaccionar, me cogió de la mano, me sentó en el primer patín que encontró y lo arrastró por la arena hasta el agua.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Zarpamos Almirante Tito- Dijo mientras se sentaba a mi lado y empezaba a pedalear. - Dejamos el continente para descubrir nuevas tierras. Pedalee con fuerza que hay mar de fondo y tenemos el viento en contra. ¡Vamos, dele fuerte Don Tito!-&nbsp; me exhortaba alborozada- Pero claro, a mi edad, con el calor que hacía y sin nada en el estómago, me costaba un huevo hacer el más mínimo esfuerzo. Aparte de que, les digo una cosa: ¿Alguno de ustedes ha probado alguna vez a pedalear con las aletas de bucear puestas?&nbsp; Pues eso…Así que me relajé, dejé que fuera ella sola la que impulsara el patín y me limité a apoyar los pies en los pedales sin hacer fuerza, pero poniendo cara de esfuerzo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Habían pasado casi dos horas desde que habíamos&nbsp; zarpado de la Barceloneta, y en todo este rato hubo tiempo para todo. También de quedarnos dormidos y abrasarnos la piel. Nos despertó el tremendo pitido de la sirena del Ferry de la Transmediterránea que se aproximaba a toda velocidad, directo a nuestro patín. Al ver el barco tan pegado a nosotros, de inmediato &nbsp;nos dimos cuenta del destino fatal que nos aguardaba: Imposible salvarse, el barco nos arrollaría en pocos segundos y daba igual lo que hiciéramos porque nada cambiaría nada: el desenlace sólo podía ser uno.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>No mediamos palabra alguna. Con una sola mirada nos bastó para entender, que lo mejor que podíamos hacer, era dotar de majestuosidad a la inminente tragedia, añadiendo aquel plus de romanticismo que tanto aprecian los periodistas, y al que les encanta recurrir cuando informan de una desgracia. Para ello, nos dirigimos a la proa del patín, nos cogimos de las manos y nos empezamos a morrear apasionadamente esperando la inevitable colisión.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Que si bien se produjo, lo hizo con el patín sin tripulación, puesto que instantes antes del choque – nos contó el socorrista de la Cruz roja después hacernos las primeras curas de urgencia-, emergieron del fondo del mar, dos preciosos delfines de brillante piel gris, que trazando en el aire sendos círculos simétricos, nos tiraron al agua de un empujón para recogernos después y conducirnos &nbsp;hasta la orilla montados sobre sus espaldas, o dorsos, o lomos o como se llame lo que tengan los delfines detrás para que se monte la gente.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Al salir de la caseta de socorro,&nbsp; el corrillo de morbosos &nbsp;que se había acercado a mirar, viendo que salíamos sanos y salvos por nuestro propio pie, nos hizo el pasillo y se puso a aplaudir. &nbsp;Y nosotros, para corresponderles, &nbsp;les saludamos chocando los cinco a los que estaban más cerca, y al resto agitando los pies de pato que ya me había sacado y tenía en la mano. Al final del pasillo me esperaba la Despe de pie, mirándome fijamente&nbsp; con los brazos en jarras y cara de pocos amigos.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Anda pasa “pallá” – me dijo- Ve a comerte el bocadillo y no me dirijas la palabra en lo que queda de tarde. Ya hablaremos cuando lleguemos a casa.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>De golpe, mi dicha se convirtió en desdicha. La felicidad&nbsp; que albergaba de saberme con vida habiendo estado en un tris de la muerte, se esfumó tal como había llegado, para dar paso al pavor a la bronca que me esperaba en casa y a los subsiguientes días en los que la Despe y yo, apenas nos dirigiríamos la palabra.&nbsp; Así son las cosas, pensé: una de cal y otra de arena.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y mientras me comía el bocadillo de paté bajo la sombrilla, reflexionaba sobre lo que acababa de suceder: Me preguntaba, cuál era la razón por la que la vida te brinda inesperados momentos de gloria y acto seguido te sume en la realidad anodina. Una de cal y otra de arena me repetía a mí mismo. Y de pronto, comprendí que había sido así desde siempre y así sería para siempre. Porque lo bueno no puede existir sin lo malo, ni lo malo sin lo bueno, y a lo mejor, de lo que se trata en la vida es de saber disfrutar de lo bueno y dejar que pase&nbsp; lo malo. Una de cal y otra de arena seguía pensando.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Terminé de comerme el bocata y mientras me ponía los bermudas y metía en bolsa de playa las aletas y las toallas, se me antojó que en realidad, nunca nada es tan malo, ni tampoco tan bueno, como creemos que es cuando pasa. Que todo es relativo y puede que sea cierto que el tiempo pone cada cosa en su sitio. Que nada es permanente, que todo es circunstancial. Cogí la bolsa, cargué la sombrilla sobre mi hombro y empecé a caminar por la arena, evaluando si lo bueno sería la cal y lo malo la arena, o viceversa.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><a href="http://wp.me/p9jMRR-aS">Capítulo 6. Bocadillo vegetal, calzoncillos de rayón.</a></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
]]></description>
		
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		<title>Capítulo 4 Patines de correas.</title>
		<link>https://titogarraf.com/capitulo/capitulo-4-recuerdo-o-trauma-segundo/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Tito Garraf]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 Nov 2018 17:42:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Que a la tierna edad de ocho años, sumé sin quererlo y por mi única culpa, al dilatado currículo de esperpentos, ridículos y sinsabores que toda mi vida arrastré y de los que ahora por fin ya estoy liberado.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Hacía ya tiempo que cada vez que pasaba por la plaza Lesseps, en el límite de los distritos de Gracia i Sarrià-Sant Gervasi, me quedaba embobado mirando como niños y niñas, jóvenes y jóvenas y no tan jóvenes ni jóvenas se deslizaban por la pista de patinaje de cemento sacando pecho, colocando los brazos en cruz y encaramando alternativamente una y otra pierna hacia atrás. Fascinado, con la mirada seguía la foto que cambiaba de fondo: siluetas estáticas que se deslizaban posando para la concurrencia formada por chachas, madres y padres y algún fotógrafo aficionado que nunca supe ubicar o quizá nunca estuvo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>A las 8 de la mañana de aquel seis de enero de mil novecientos sesenta y ocho, hecho un ovillo de ímpetu y nervios, esperaba ansioso a que mi padre abriera las puertas del salón-comedor, para comprobar si los reyes magos me habían traído los patines de correas que les había pedido en la carta y a buen seguro me había ganado. Me había portado muy bien durante todo el año y, los reyes, pensaba, no deberían tener en cuenta el único desliz que tuve, cuando con mi tirachinas acerté a clavarle en el trasero a Dorita, una viejecita menuda ex vedette del Molino que vivía en la escalera y me caía fatal, una alcayata de rosca del ocho. Va, pensaba, estas minucias sólo cuentan como bromas de mal gusto, los reyes magos no me lo tendrán en cuenta. Dos alcayatas de rosca del ocho, oigan.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Cuándo por fin se levantó la veda y mi padre abrió lentamente las puertas del salón-comedor, los cinco hermanos entramos atropelladamente, escrutando impacientes con la mirada todos los rincones de la estancia, en busca de un letrero con nuestro nombre escrito; señal inequívoca de que a su alrededor, encontraríamos por lo menos alguno de los regalos que habíamos pedido en la carta. Tardé menos de tres segundos en localizar mi letrero enganchado con celo en el respaldo del sillón de tres plazas y tardé menos de otros dos, en abalanzarme sobre el paquete que, por su forma y tamaño, adiviné de inmediato que contenía los patines de correas que había pedido ¡mis patines! Excitado, rasgué el envoltorio y los saqué de la caja, me senté en el suelo y alcé uno de ellos hasta la altura de mis ojos. Absorto, lo observé durante unos momentos y con el dedo índice hice girar una de sus ruedas que seguí contemplando hasta que se detuvo. Pasado el particular protocolo y asumiendo que efectivamente los patines eran para mí y por lo tanto míos, me los calcé y empecé patinar por el pasillo de casa: un&nbsp; espacioso y confortable piso de la zona alta de Barcelona, donde mis padres vivían con sus cinco hijos: tres chicas y dos chicos y yo el del medio y, vayan ustedes a saber si en el fondo, por decir algo, no sería este el origen de mis posteriores&nbsp; trastornos y perturbaciones, puesto que dicen que a los del medio, como no son mayores ni tampoco pequeños y son tan poco visibles, con frecuencia no se les presta la atención que merecen: se conoce que no son ni chicha ni tampoco “limoná”. No lo se oigan, pero ahora que estoy muerto y no hay nada que hacer, todo este tema ya me la suda bastante.</strong></p>
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<p><strong>Como les iba diciendo, que una vez calzados mis patines, empecé a deslizarme poco a poco inestable, indeciso, vacilante y cagadito de miedo por el pasillo de la casa, cuando de pronto me di de bruces contra &nbsp;&nbsp;la barriga de mi padre. Plas! Atento conmigo&nbsp; aunque algo irritado, mi padre, me recrimino la acción y me aconsejó que para a iniciarme en las lides de tan agradecido pasatiempo o deporte, lo hiciera en recintos diseñados a tal efecto, como por ejemplo la pista de cemento de la plaza Lesseps, advirtiéndome además, que si me pillaba otra vez&nbsp; patinando dentro de la casa, me confiscaría los patines y los utilizaría él para ir y venir del trabajo que, aparte de hacerle gracia que sus subordinados le vieran llegar al despacho en patines, tal como se estaba poniendo el tráfico en Barcelona le vendrían de perlas para llegar puntual y no pagar parking. “Coño de niño, joder” Añadió para terminar. Mi padre siempre fue muy espontáneo.</strong></p>
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<p><strong>Aterrorizado como cada vez que me regañaba y atendiendo como no podía ser de otra manera a su advertencia, guardé mis patines y me puse a jugar con mi hermana mayor. No me costó convencerla para que al día siguiente me acompañara a la pista de patinaje de la susodicha plaza Lesseps, dedicada por cierto a Ferdinand de Lesseps, que fue cónsul general de Francia en Barcelona y se le conoce además por ser uno de los artífices de la construcción del canal de Suez, cosa que yo, a la edad de ocho años, como podrán ustedes imaginar no tenía ni idea, pero&nbsp; ya de mayor, cuando sacaron esto de la Internet , me picó la curiosidad, lo consulté en la red y ahora para hacerme un poco el chulo lo pongo aquí. Ferdinand de Lesseps, que lo sepan.</strong></p>
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<p><strong>Pues eso, que a la mañana siguiente, mi hermana y yo fuimos a la plaza y, aprovechando que aún no había mucha gente, me dio algunos consejos prácticos a fin y efecto de que mi primera toma de contacto con el mundo del patín, fuera lo menos traumática posible y regresara a casa sano y salvo. Me dijo que para frenar, lo hiciera resbalando de lado o pisando en el suelo con la goma de delante del patín, que no me motivara demasiado si veía que las cosas me iban saliendo bien, que fuera prudente y que no patinara de momento detrás de chicas que llevaran faldas cortas o pantalones muy ajustados, y &nbsp;mucho menos cerca de las que lucieran generosos escotes; por el momento, me dijo, te limitarás a patinar detrás de las más feas hasta que cojas confianza rulando. ¿Enterado?- me dijo con la mala leche que siempre la caracterizó. Le dije que sí para que se callara y me puse a patinar agarrado a la barandilla de la pista al principio, soltándome de vez en cuando al cabo de un rato, y atreviéndome, intrépido, a cruzar la pista de lado a lado en un par de ocasiones.</strong></p>
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<p><strong>Al cabo de una hora y media, entrada ya la mañana, brillaba en la plaza el suave sol de invierno horizontal y yo, osado e iluso, me permitía ya la anuencia de patinar al lado de los más veteranos y veteranas, convencido de que en muy poco tiempo había alcanzado un inusual nivel de destreza que por supuesto no detentaba: Entraba y salía de la pista a mi libre albedrío, de vez en cuando levantaba un pie del suelo e incluso me permitía licencias propias de patinadores expertos, como la de sonreír puntualmente a alguna patinadora, echándole un fugaz vistazo a las tetas mientras la avanzaba por la derecha. Me sentía de maravilla y, cándido de mí, en alguna ocasión me pareció observar que alguna de las chicas me devolvía la sonrisa. El hecho de que en un par de amagos de batacazo, en menos de una décima de segundo, recuperara la estabilidad perdida gracias a mi extraordinaria forma física e innato sentido del equilibrio y contrapeso, me dio tanta seguridad, que decidí que podía relajarme un poco y zamparme mientras patinaba unas palomitas de maíz, llamadas también “crispetes” en catalán o “Pop corns” en inglés. Así que salí de la pista, me dirigí al quiosco de la plaza, compré una bolsa y me reincorporé al tráfico rodado disponiéndome a abrirla en plena marcha. Iba de sobrado, ya ven.</strong></p>
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<p><strong>De todos es sabido que todo, no lo hacemos todos igual de bien o mal. No es descabellado entonces imaginar, que haciendo aquello que mejor se nos da, cada vez lo haremos mejor hasta a alcanzar la excelencia. Por contra, las cosas que hacemos mal procuramos evitarlas y sólo las ejecutamos si no queda otro remedio. Los que en vida me conocieron, a buen seguro recuerdan mi absoluta falta de maña en todo lo concerniente al bricolaje o cualquier otra manualidad. Fui muy malo, tanto, que ya desde jovencito, por mor de no perpetuar el estado de frustración en que me sumía cada vez que intentaba hacer algo que requiriera cierta destreza, desarrollé un método que me permitía evitar el ridículo y resolver de manera más o menos airosa, las situaciones adversas que en ocasiones me veía forzado a afrontar, como por ejemplo colgar un cuadro, hacer un empalme eléctrico, pintar a brocha o rodillo o cuando era aún más jovencito abrir bolsas de chuches, patatas fritas o mismamente de palomitas. El método consistía en exagerar mi impericia y hacer aún peor todo aquello que de natural ya me salía tan mal. Así conseguía que la gente riera, yo también me reía y todo quedaba como que el Tito era anormalmente patoso pero extraordinariamente gracioso. El truco me funcionaba de maravilla y, con el tiempo, la risa me salía tan natural y espontánea que nunca nadie imaginó que fuera el resultado de una actitud programada, sino fruto de mi tan apreciado carácter alegre y jovial.</strong></p>
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<p><strong>Llevaba más de seis vueltas a la pista intentando abrir sin éxito la puta bolsa de palomitas y, a la que hacía siete, decidí pasar al plan B, que consistió en morderla por la parte superior y manteniendo la boca cerrada, tirar hacia abajo con todas mis fuerzas hasta romperla. Como cabía esperar y en cambio yo no había previsto, al romperse la bolsa, una fuerte sacudida me descompensó y me hizo perder el equilibrio hasta que fui a dar con los morros en el frío y duro pavimento de la pista de patinaje de la Plaza Lesseps. Sucedió todo muy rápido. Instantes antes del porrazo, luché desesperadamente para estabilizarme rotando los brazos hacia delante y después hacia atrás, cual nadador olímpico calentando antes de los doscientos metros mariposa o puede que igual que las aspas de un helicóptero de la guardia civil, manteniéndose estático por encima de rocosos peñascos durante un salvamento de montaña. Pero no, no conseguí mantenerme en pie y la implacable fuerza de la gravedad se ocupó del resto. ¡Plas!¡Vaya leñazo! ¡Toooma hostia! Escuché exclamar de lejos yaciendo inmóvil de espaldas al suelo con la mirada perdida en el cielo infinito. Sucesivamente, los que venían y las que venían detrás, fueron precipitándose a mi alrededor al encallarse las ruedas de sus patines con las palomitas que había desparramado por el suelo. ¡Plas, plas, plas! ¡Venga tortazos, y venga niños y niñas por el suelo!</strong></p>
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<p><strong>Cayeron casi todos y casi todas. Yo sangré por la cabeza y no fui el único. Muchas y muchos lloraban desconsoladas y desconsolados mirándose las palmas de las manos y las rodillas rasguñadas, supurando pequeñas gotas de sangre que aumentaban por momentos, hasta cubrir por completo sus heridas tiñéndolas de rojo burdeos. Niños y niñas apelotonados por el suelo intentando desenredarse. Madres y asistentas del hogar gritando enajenadas, corriendo por la pista en busca de sus hijos o de los hijos de los señoritos, molestando más que otra cosa ya que sólo gritaban y poco ayudaban a solventar el colosal descalabro. Especialmente bochornosa fue la actitud de tres madres que, viéndome desvalido en el suelo y sabiéndome el responsable único de tan terrible accidente, al pasar por mi lado aprovecharon para soltarme improperios, patadas en las costillas y escupitajos a discreción.</strong></p>
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<p><strong>En pocos instantes sucedieron muchas cosas y en un soplo terminó lo peor. Pasado el primer sobresalto, cuando la conmoción se convertía en zozobra, los patinadores y patinadoras, quejumbrosos y quejumbrosas, doloridos y doloridas, lentamente se iban incorporando. La Guardia Urbana, rauda resuelta y como siempre al servicio del ciudadano hizo acto de presencia en la plaza, calmó a madres y asistentas, amonestó a mi hermana por considerarla la principal responsable de semejante imprudencia y me mandó a mí, de malas maneras, a recoger las palomitas del suelo, cosa que yo, cabizbajo y afligido pero diligente me dispuse a realizar sin rechistar.</strong></p>
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<p><strong>Ya me perdonará el lector, pero me ha parecido conveniente ponerlo en antecedentes antes de exponer lo fundamental del caso que, en realidad, sucedió poco después del calvario y subsistió en mi memoria a lo largo de toda mi vida.</strong></p>
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<p><strong>Hallándome yo enfrascado en la recogida de palomitas, una niña entró en la pista, se arrodilló junto a mí y mirándome con una expresión que interpreté tierna, se dispuso a ayudarme. Acto seguido se sumaron dos niños más. Y dos chicas, y tres niñas, y una madre y dos asistentas, y en pocos momentos la pista se llenó de gente y quedó limpia de palomitas. Y habiendo terminado entre todos y todas tan plausible labor, la niña, la primera que entró, me dio un beso en la mejilla y se fue patinando. Y yo, como es natural, me quedé patitieso.</strong></p>
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<p><strong>Eso fue lo que me pasó aquel siete de enero de mil novecientos… da igual, ha pasado ya mucho tiempo y la fecha no es lo más relevante, como tampoco lo es en sí mismo el percance, sino el posterior desenlace que hermanó a niños y a niñas y también a algunos mayores, en un noble objetivo común: socorrer al más débil en beneficio de todos. Ejemplo que en mi humilde opinión, todo el mundo debería seguir, para así construir una sociedad harmoniosa y afable, donde prevaleciera el respeto, la humildad, la tolerancia y donde todos y todas tuvieran cabida, quisieran quererse y lo hicieran.</strong></p>
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<p><strong>Hoy, desde el desapego que me confiere el lugar donde estoy, cuando ya nada me inquieta porque observo los hechos sabiendo el principio pero también el final, sonrío al volver a sentir el placer de aquel beso tan dulce, el que me dio aquella niña que me vino a ayudar y a todos y todas nos contagió de bondad, de compañerismo y solidaridad.</strong> <strong>Hoy, desde la distancia, les conmino a que siempre que puedan ofrezcan su ayuda sin pedir nada a cambio, pero no porque sea un deber, sino un reconfortante placer. Créanme, háganme caso, lo realmente importante en la vida, no es tanto el fracaso como las ganas que pongas para intentar enmendarlo y contar con amigos que te brinden su ayuda para poder superarlo.</strong></p>
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<p><a href="http://wp.me/p9jMRR-aS">Capítulo 5. Una de cal y otra de Arena.</a></p>
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		<title>Capítulo 3 Nochebuena de 2051 Cómo me fui.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tito Garraf]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Nov 2018 17:14:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[asesinato]]></category>
		<category><![CDATA[Despechada Linóleum]]></category>
		<category><![CDATA[Florinda]]></category>
		<category><![CDATA[mármol de Carrara]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Nochebuena]]></category>
		<category><![CDATA[Tito Garraf]]></category>
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					<description><![CDATA[<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Y tan neurótico era y lo fui durante tanto tiempo, que a lo largo de toda mi vida fui probando una tras otra, las diferentes técnicas y disciplinas que las sucesivas modas recomendaban para equilibrar cuerpo y mente. De manera que no era por casualidad que aquel veintitrés de diciembre por la mañana, sin tener ni idea de lo que se me vendría encima, me encontrara practicando en la salita de estar de mi casa las rutinas que había aprendido de Kristabel Kundalina, la profesora de yoga de la “Llar d’avis de La Caixa. “Inspiración, espiración, me concentro en la respiración, inspiración, espiración, noto como circula la sangre por mis venas, me pesa una mano, inspiración, me pesa la otra, espiración, me pesa un pie, inspiración, yo lo peso todo, digo perdón, todo yo peso, espiración…” De pronto, al sonido de los latidos de mi corazón se le sumó un silbido lejano que se oía cada vez más fuerte hasta que me obligó a abrir los ojos para percatarme de lo que sucedía. Horrorizado, a través de los cristales de la ventana pude ver la cara de pánico de Florinda, mi exmujer, acercándose a toda velocidad montada en un dron plateado con rayas amarillas y fucsias. No me dio tiempo a pensar. En un acto reflejo me puse a salvo dando un enorme salto, parapetándome detrás del piano para dejar la ventana libre de paso. Conteniendo la respiración, esperé el inevitable desenlace que sucedió instantes después de la siguiente manera:</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:list --></p>
<ul>
<li><strong>Florinda y su dron, chocaron contra y rompieron en mil pedazos, los cristales de la ventana de la salita de estar de mi casa.</strong></li>
<li><strong>Traspasado el umbral, Florinda y su dron, fueron a empotrarse en un mapa enmarcado de los “Països Catalans” que tenía colgado en la pared de enfrente de la ventana y al que tenía especial apego por ser un regalo del novio catalanista de la portera de la casa donde pasé mi infancia.</strong></li>
<li><strong>Durante unos segundos se hizo el silencio y se congeló la acción hasta que a Florinda, que había quedado colgada del marco del cuadro, le fallaron las fuerzas y con las uñas hendidas en el enyesado de la medianera, empezó a resbalar lentamente, marcando a medida que descendía ocho surcos (cuatro por cada mano), a la vez que musitaba con voz trémula y asustada “visca Catalunya lliure”</strong></li>
<li><strong>Florinda se posó suavemente en el suelo de la salita de estar de mi casa.</strong></li>
</ul>
<p><!-- /wp:list --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Soltando el aire que aún contenía, mientras me sacudía los cristales rotos, respondí con el único hilo de voz que aún me quedaba “ visca, visca ¿A qué debo tan inesperada visita?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>-Vaya piñazo- susurró Florinda levantándose del suelo y llevándose las manos a las lumbares.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Que qué haces aquí- insistí. – ¡Que qué cojones quieres y por qué te presentas así de esta manera, hostia ya!</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Veo que no has cambiado Tito, tú siempre tan desabrido.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Y tú tan meteórica. ¿Te parece normal interrumpir mis ejercicios de yoga cargándote los cristales de la ventana del comedor? Menudo susto me has dado - le dije al tiempo que le acercaba el frasco de Betadine y unas tiritas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Olvida las maneras Tito, lo importante es que he llegado.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Y que nadie te ha llamado.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Pero no hubiera venido si no fuera por algo importante.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>-Mucho lo ha de ser para justificar este estropicio, a ver, habla que me tienes en ascuas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Atiende niñato- empezó a exponerme-, pasado mañana es nochebuena y hemos quedado para cenar en familia mi hermana con su marido, sus hijos y los hijos de sus hijos. Vendrán también tus dos hijos con sus respectivos hijos, o sea tus nietos. Estará también Asier, mi novio vasco del cual sigo igual de enamorada o más que el primer día, y al que por gracia de Dios conocí al poco de tomar una de las mejores decisiones de mi vida: abandonarte. Me gustaría que hiciéramos las paces Tito, que vinieras a cenar y tomáramos como referencia estas fechas tan entrañables para iniciar una relación cuanto menos cortés. Somos personas adultas y occidentales, ¿no te parece?</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Occidentales, pero qué hablas?</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Sí, occidentales, ya sabes, los valores: la libertad, la fraternidad, la familia, todo eso…- Mira Tito- prosiguió- Estamos ya en el ocaso de nuestras vidas y no quiero abandonar este mundo sin estar en paz conmigo misma y con los míos, y tú, aunque muy a pesar mío, formas parte de mi entorno más cercano: eres el padre de mis hijos. Ven a cenar por Nochebuena, te lo pido por favor, hagamos los dos un esfuerzo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Buuuuuuuf- resoplé- A ver, ¿la Despe puede venir también? Ya que viene tu novio Asier, digo yo que la Despe debería venir también ¿no? - Despe, era el apodo de mi pareja, en realidad se llamaba Despechada Linóleum, pero cuando los dos decidimos no ocultar más nuestra relación y acudir a los actos sociales juntos, acordamos, creo yo que con buen tino, no presentarla como Despechada Linóleum, sino como Despe Li aprovechando que sus ojos medio achinados le conferían un cierto aire oriental. Faltando a la verdad y para darle al relato una pátina romántica, contaríamos que nos conocimos siendo ella azafata de vuelo de las líneas aéreas Mongolas, en un viaje de negocios que hace años realicé para tantear la posibilidad de establecer relaciones comerciales con los nómadas de la estepa, a la par que prósperos vínculos de confraternidad y camaradería tan propios de los pueblos catalán, mongol Contaríamos que el avión en el que viajábamos se estrelló y que del pasaje sólo yo quedé vivo y de la tripulación ella. Que al ver que nadie nos venía a rescatar, decidimos ir a buscar ayuda al pueblo más cercano, pero como los mongoles son nómadas y se desplazan a caballo, nunca pudimos alcanzar ninguna caravana y menos aún encontrar algún pueblo. De manera que una noche, seguiríamos contando, sabiéndonos solos, a la luz y cobijo de una hoguera, como el roce hace el cariño, nos dimos un piquito de nada y luego otro, y algunos más, y otro largo con lengua y, poco a poco nos fuimos animando, nos empezamos a meter mano, y aunque no era nuestra intención principal pero sí en cambio de esperar, terminamos fornicando como posesos en medio de la estepa. Para hacer la historia más creíble, pensamos que colaría si contábamos que al cabo de unos días, no muchos, el servicio de rescate mongol -profesional donde los haya-, dio con nosotros y nos rescató en helicóptero, nos llevó a casa de sus padres, y al enterarse ellos de que habíamos consumado, nos obligaron a contraer matrimonio por el rito mongol, y si alguno de nuestros amigos o amigas nos preguntaba cómo era el rito mongol ya improvisaríamos algo sobre la marcha. O sea, que de que la Despe era de Teruel y de que nos conocimos en la cola del paro de la delegación de la calle Sepúlveda de Barcelona, no diríamos ni una palabra.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Si la Despe tiene que venir para criticar, mejor se queda en casa- Me advirtió Florinda- y ya te avanzo que después de la cena, como máximo os invito a una copita de anís. La botella cerrada en el mueble bar, que lo sepas, vaya dos vosotros con el anís del Mono…</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Mujer, ¿en una noche tan señalada? - repliqué.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Tito, de las tajas que pilléis solos me reservo la opinión, pero no me da la gana de que tus nietos oigan la sarta de tonterías que dices en cuanto te pasas con el anís. Venga te espero mañana a eso de las nueve en casa. Dile a la Despe que por un día en su vida se duche bien duchada y se arregle y no me lleguéis tarde que quiero que veamos juntos <strong>por la tele</strong></strong> <strong>el discurso del Rey  -.Y tal como terminó de decirlo, se subió de nuevo a lo que quedaba del dron y en vez de salir por donde había entrado que hubiera sido lo más lógico, arremetió en dirección contraria contra los cristales de la ventana de la cocina, y se largó por el patio interior llevándose por delante la ropa tendida de mi vecina Gigliola, una estudiante italiana de Erasmus que decidió alargar su estancia en Barcelona  y desde que se instaló en el piso de enfrente, me tenía el corazón robado.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- El discurso del Rey, sí, vale, adiós, adiós, hasta mañana- le dije mientras se alejaba, percatándome de que del retrovisor del dron colgaba aquel tanguita negro que tan cachondo me ponía cuando lo veía en el tendedero de la galería.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Una vez barridas la salita y la cocina y habiendo hecho las fotografías pertinentes para reclamar al seguro el importe de los cristales, me dispuse a retomar de nuevo la meditación para ver si podía resarcirme de aquel susto, que no fue más que el preludio del siguiente, cuando la Despe llegó del supermercado y al darse cuenta de que las ventanas no tenían cristales, se puso a gritar profiriendo improperios e insultos, que prefiero no mencionar aquí por mor de no revivir de nuevo lo minúsculo y humillado que me hizo sentir.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>-Ooooooooommmmm- fue la única palabra que se me ocurrió articular ante el monumental vituperio.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Déjate de de om ni am ni leches, que me tienes contenta tú con tanto yoga, dios que cruz, de verdad, que ganas tengo de que en una de tus meditaciones levites, se cuele una corriente de aire por la ventana y se te lleve planeando allende de las fronteras, del universo o a la quinta hostia, donde sea que te pierda de vista, me da igual.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Haciendo gala del perfecto control mis emociones la miré a la cara con la mejor de mis sonrisas y volví a entonar el mantra mágico que amansa a las fieras – Ooooooooommmmm, repite conmigo Despe, ooooooooommmmm- Me acerqué a ella, la rodeé con mis brazos por la cintura y le volví a susurrar el mantra al oído – Ooooooooommmmm.</strong></p>
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<p><strong>-Ooooooooommmmm- repitió ella entornando los ojos y esbozando media sonrisa - “hooooooooommmmmbre de dios – &nbsp;Y los dos nos reímos y nos dimos un besito en los labios, señal inequívoca de que había terminado el embate y se había saldado en empate.</strong></p>
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<p><strong>- Anda suéltame Tito que he comprado langostinos para la cena de Nochebuena y tengo que meterlos en la nevera.</strong></p>
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<p><strong>- Pues mira, justamente de eso te quería hablar.</strong></p>
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<p><strong>- ¿De langostinos o de neveras?</strong></p>
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<p><strong>- De la cena de mañana, de la cena de Nochebuena.</strong></p>
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<p><strong>- ¿Y qué le pasa a la Nochebuena?</strong></p>
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<p><strong>- Verás, mientras estabas comprando ha venido a verme Florinda para decirme que quiere que mañana cenemos toda la familia junta. No sé qué le ha dado que dice que nos hemos de reconciliar y que tenemos que hacer un esfuerzo para mantener unas relaciones cordiales. Me ha dicho no sé qué de la fraternidad, de que somos occidentales, de vivir en paz y armonía y yo qué sé qué más. El caso es que irán mis hijos y mis nietos, su hermana con sus hijos y nietos y también Asier su novio, el vasco. En fin que quiere que vayamos, vaya.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>- ¿Y a esa qué le pasa ahora?</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Pues no sé, está chocha, será cosa de la edad o el efecto de las campañas publicitarias navideñas que la ponen melancólica. La cosa es que me ha dicho que vayamos mañana un poco antes de las nueve para ver juntos el discurso del Rey.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿El discurso del Rey? ¿Y qué pinta aquí el Rey?</strong></p>
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<p><strong>- Pues la verdad no tengo ni idea, pero no me parece mal recuperar unas relaciones truncadas años atrás y procurar llevarnos bien a partir de ahora, además,  Nochebuena  es fecha propicia para estos menesteres, ¿no crees?.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Quizá tengas razón, no perdemos nada- admitió indolente.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Así que al día siguiente por la tarde, a eso de las siete, le dije a la Despe que se duchara bien duchadita y que se arreglara para ir a cenar en familia.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- ¿Qué quieres decir con eso de bien duchadita? Me requirió sorprendida ipso facto.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Pues eso, que te duches bien, que Florinda me ha dicho que te duches bien duchadita.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Entre las muchas virtudes que mi Despe tenía, no figuraban las del temple, ni la calma ni tampoco el sosiego, sino más bien lo contrario. No dejaba pasar una, al más mínimo atisbo de reproche hacia su persona o cualquiera de los suyos, era incapaz de encajar con cintura la crítica y se defendía con furibundos ataques consistentes  en insultos, amenazas y ultimátums violentos  que por lo general cumplía si su oponente no pasaba por el aro. No se podía controlar, llevaba la violencia incorporada en sus genes.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>- ¿Perdona? ¿Qué tu ex mujer te ha dicho que me digas que me duche bien duchada? ¿Pero quién se ha creído que es esta mojigata? ¿de qué habla? ¿Acaso insinúa que voy sucia? ¿Qué huelo mal?</strong></p>
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<p><strong>- No mujer, no es eso, habrá querido decir que puede que en alguna ocasión, a ella le habrá parecido&nbsp; que no ibas limpia del todo, no se… No le des más importancia, ya sabes el poco tacto que tiene la pobre.</strong></p>
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<p><strong>- ¡Y que lo digas, me está llamando guarra con todas las de la ley, ya ves tú el tacto que tiene esta imbécil!</strong></p>
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<p><strong>- A ver Despe- le respondí dándome cuenta de que había metido la pata-, las cosas como sean, de vez en cuando te huele un poco la castañita, ya lo hemos hablado alguna que otra vez y no pasa nada mujer, esto son cosas que sobrevienen cuando una no lleva una higiene esmerada. Yo mismo, alguna vez…</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>- ¡Lo que me faltaba! ¿tú también me estás llamando guarra Tito? ¿es eso lo que quieres decir? ¿es por eso que no me pones la mano encima desde hace más de siete meses? ¿tan mugrienta voy? ¿Eh, eh?- y va la tía y en un arrebato de cólera, excitación o las dos cosas a la vez, se desabrocha la camisa, se rasga la falda, se planta frente a mí en ropa interior (sujetador color carne de aros y braga azul cielo por encima del ombligo) y mirándome fijamente a los ojos, se me pone a bailar samba imitando con la boca el sonido de un silbato carioca carnavalero: pipiri pi pi piri pi pi pi, pipiri pi pi piri pi pi pi.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>- Anda ven Tito, acércate, a ver si voy tan sucia como dice tu ex, venga huéleme, tócame, manoséame y hazme tuya de una vez, antes bien que te gustaba ¿ya no me deseas? ¿o es que te me has vuelto rarito? Venga, cómeme esas tetitas que tanto te habían gustado – me requería haciendo bailar sus fláccidos senos medio palmo delante de mí - pi pi ri pi pi piri pi pi pi</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>- Deeeespe, tápate las cantimploras y vete pasando a la ducha que después voy yo, anda que se nos hará tarde y no llegaremos a tiempo para ver el discurso del Rey - le reprobé condescendiente para ver si la convencía y me dejaba en paz. Pero por lo visto, mis reproches no surtieron efecto alguno sino que por contra, cuanta más resistencia ofrecía, más cachonda y violenta se ponía.</strong></p>
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<p><strong>- ¡Que Rey ni que ocho cuartos, ven aquí pichón! Compórtate como aquel machote que tan contenta me tenía años ha ¿No te gustan mis tetitas arrugadas? ¡Dime que sí, anda, dime que aún te gustan y que estoy más buena que nuestra vecina Gigliola! ¿qué te crees, que no me he dado cuenta de que se te cae la baba cada vez que la ves? viejo verde, que eres un viejo verde degenerado! Anda, lámemelas, lámemelas- y uniendo sus manos por detrás de mi nuca, de una fuerte sacudida incrustó mi rostro entre sus pechos, y continuó presionando con una fuerza tal que no me dejaba ni siquiera respirar.</strong></p>
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<p><strong>- ¡Que me chupes las tetas abuelete de mierda, sorbe! - gritaba desbocada- te vas a enterar tú de cómo las gasta la Despe. Ooooooooommmmm, ooooooooommmmm, ¿Qué, no hay mantra que valga ahora eh? Anda, repite conmigo, ooooooooommmmm- y sin dejar de sujetarme y menos aún de gritarme, agarró el cenicero de mármol de Carrara que teníamos encima de la mesita del recibidor, y me asestó un porrazo en la cabeza que me dejó trastocado y sin fuerzas, rendido como un pelele a su arbitrio, esperando un segundo porrazo que no tardó nada en llegar. Y un tercero, y un cuarto, y ya no sé cuántos más, porque después del primero sólo tuve un instante la mente consciente, aunque fue suficiente para poder comprender que en la vida, menos la muerte nada es trascendente, que las cosas pierden valor con el tiempo, que a su vez te da perspectiva, y transforma en recuerdos los traumas aunque ya no se olviden, porque ya no se olvidan. Porque nunca se olvidan. De pronto tuve la sensación de que ya no me gobernaba, que no me pertenecía y de que aquella nochebuena no llegaría a cenar ni a comerme los turrones. Así fue.</strong></p>
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<p><a href="https://titogarraf.com/2018/11/22/capitulo-4-recuerdo-o-trauma-segundo/">Capítulo 4 Recuerdo o trauma segundo</a></p>
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		<title>Capítulo 2 Lo primero que recuerdo.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tito Garraf]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Nov 2018 14:00:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Bebé]]></category>
		<category><![CDATA[cuarto oscuro]]></category>
		<category><![CDATA[cuna]]></category>
		<category><![CDATA[trauma]]></category>
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					<description><![CDATA[<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Nunca nadie ha quedado traumatizado por algún suceso bueno. Los traumas, por definición, se manifiestan a partir de malas experiencias y se incorporan a perpetuidad en la esencia de uno mismo: son crónicos. Pasarte la vida intentando desterrarlos, enclaustrarlos en el fondo de tu cerebro confinándolos al olvido, o aprovecharlos para sacarles un partido equiparable o superior a la cantidad de tiempo que te han hecho perder en la vida, de cada uno depende.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>Seguramente sería un&nbsp; domingo o un día festivo. En el comedor, mis padres, mis abuelos y puede que algún que otro allegado, charlaban animadamente durante la sobremesa. Me habían puesto a dormir en la cuna; en la habitación del fondo del pasillo, con la luz apagada y las persianas bajadas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>&nbsp;A través de la puerta entornada, una franja de luz natural, plagada de motas de polvo bailando la perpetua danza del caos, me confirmaba, como cada vez que la veía, que me habían dejado&nbsp; solo otra vez; en la habitación del fondo del pasillo, con la luz apagada, con las persianas bajadas.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>El piso donde viví de pequeño era muy grande, o a mí me lo parecía. Lo cruzaba de punta a punta un largo pasillo (para mi gusto algo estrecho y oscuro), que distribuía&nbsp; las estancias desde el recibidor. Entrando a la derecha, en las habitaciones que daban a la parte interior del edificio, había dos dormitorios, un pequeño cuarto de baño y una salita polivalente bautizada con dos nombres diferentes que revelaban sus usos. La llamábamos el cuarto del piano, o el despacho: el despacho de mi padre. Que fuera polivalente, significaba que en ella se tocaba el piano y&nbsp; también trabajaba o estudiaba mi padre (que ya de&nbsp; mayor, se sacó un master, un doctorado o algún título superior que ahora mismo no recuerdo, que le sirvió para ascender en el trabajo cobrando un sueldecito arreglado, y nos permitía a&nbsp; la familia vivir con cierta holgura económica, aunque no con un tren de vida opulento).&nbsp; Se utilizaba para las dos cosas, decía, aunque por razones obvias, nunca las dos a la vez.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Entrando a la izquierda, la primera habitación era el cuarto de planchar. Después venía la cocina y el office y en frente otro baño más grande. El pasillo terminaba en un&nbsp; espacioso&nbsp; comedor con grandes ventanales que daban a una terraza y a otra amplia estancia que, de haber sido yo el arquitecto, me la hubiera ahorrado porque ya había espacio de sobra y tampoco tenía mucho sentido. Pero ya que estaba, mis padres decidieron acondicionarla como dormitorio para las niñas; yo también hubiera hecho lo mismo, si además de dos varones, hubiera tenido tres hijas: cinco mequetrefes que estuvimos dando la bulla hasta bien pasada la adolescencia y&nbsp; obligando a mis padres a multiplicarse para proporcionar a cada uno la atención que requería. Es lo que tuvo ser padre en&nbsp; los años sesenta y setenta, la época del <em>baby boom,</em> en la que rara era la familia que no tenía como mínimo tres hijos.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>A diferencia de los pisos de más categoría (los que las inmobiliarias anunciaban como de alto standing), el suelo del nuestro no era de parqué sino de baldosas. De un horrible alicatado muy al uso en la Barcelona de la época, de un color indefinido entre el marrón y el naranja (el color más raro que vi en toda mi vida), maculado con formas blancas difuminadas, semejantes a estratocúmulos. Con un poco de imaginación, si bajabas la vista y recorrías con la mirada las losetas del piso, siempre terminabas descubriendo caras o formas de cosas; igual que cuando estás en el campo, te estiras en la hierba&nbsp; mirando hacia al cielo y observas con detenimiento las nubes. Hoy a este tipo de suelo se le llama <em>vintage y </em>el valor que le atribuyen los que lo aprecian, es directamente proporcional a la exquisita vulgaridad que ostentan. No es que las baldosas fueran y sigan siendo feas,&nbsp; sino lo siguiente.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>De manera que repartidos por el suelo de la casa, tenía mis rincones favoritos en los que habitaban personajes que sólo yo reconocía y con los que mantuve un estrecho vínculo hasta que cumplí los diez años; los que pasé en la vivienda. Especialmente entrañable, era la relación que mantenía con una de esas caras medio desfiguradas que había &nbsp;al lado de la bañera; en la esquina inferior derecha según se miraba desde el retrete. A menudo, los largos ratos que me pasaba sentado en la taza del váter, recurría a ella para contarle las vicisitudes del día: mis preocupaciones, mis logros, mis planes de futuro… Aquella&nbsp; relación unívoca me reconfortaba; me tranquilizaba tener la certeza, de que siempre encontraría aquel rostro en el mismo lugar, dispuesto a escucharme: sólo a escucharme y no rebatirme ni darme lecciones de nada. Con aquella cara que sabía más cosas de mí que cualquiera de mis amigos del <em>cole </em>o de mis familiares más allegados, volví a coincidir muchos años más tarde visitando el museo del Prado en Madrid, mientras contemplaba el cuadro de Goya “Saturno devorando a su hijo”. Me dio un vuelco el corazón, al detenerme delante de aquel lienzo de la época negra del pintor aragonés, y estoy convencido de que Saturno respondió a mi saludo cuando le dije en voz baja “vaya, ¿tú por aquí? ¡Cuánto tiempo si vernos!”</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Pero el día que me pusieron a dormir en la cuna, en la habitación oscura del fondo del pasillo, aún no había llegado la hora de ponerme en pie y andar sobre aquel horrible suelo <em>vintage</em>. No tendría más de seis meses y el recuerdo de lo que allí sucedió, me acompañó hasta la muerte.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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<p><strong>La situación era grave: me estaba asfixiando. Tendido boca arriba, mi actividad se reducía a mover compulsivamente piernas y brazos, abrir y cerrar arrítmicamente &nbsp;las manos, y sacudir de lado a lado la cabeza pringando por turnos mis tiernas mejillas del vómito que encharcaba mi almohada: de la leche agriada que poco antes había mamado y mi estómago se negaba a digerir.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Estaba bañado en sudor. El reflujo de aquella asquerosa cuajada, me provocaba continuas arcadas que contraían de golpe, sin ninguna excepción, cada uno de los músculos que conformaban mi cuerpo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Persistían los calambres. Arremetían con violencia uno tras otro dejándome en suspenso: sin poder de reacción, con la espalda arqueada hacia atrás y la cabeza colgando de lado recostada en el hombro.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Con suerte, antes de la siguiente embestida, me habría dado tiempo a escupir el líquido viscoso que anegaba mi boca y taponaba mi laringe. Pero si no la tenía, el vómito permanecería estancado bloqueándome la tráquea, sin dejarme respirar. No era yo quien decidía, sino mis actos reflejos. De ellos, dependía mi vida.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>La evidencia recurrente que me acercaba al colapso a marchas forzadas, se manifestaba cada vez con más ímpetu. Como si cada nuevo embate, me asaltara con la fuerza acumulada que el anterior me había robado y lo capacitara para acrecentar aún más mi congoja, prolongar las convulsiones y aumentar el dolor hasta dejarme abatido.</strong></p>
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<p><strong>Estaba extenuado. Aun así, era urgente que me diera la vuelta, me pusiera boca abajo, eructara y devolviera todo lo que había deglutido para volver a respirar normalmente. Pero me fallaban las fuerzas, estaba muy debilitado y no controlaba mi cuerpo. De no haber sido un bebé, habría comprendido al instante que la muerte me acosaba y la tenía muy cerca. Pero no tenía consciencia de ello, no sabía razonar, sólo sufría.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Necesitaba gritar, llorar o llamar la atención de la manera que fuera para que alguien viniera a auxiliarme; para que terminara con la espantosa agonía en la que me encontraba atrapado y&nbsp; me liberara&nbsp; de aquella angustia infinita, del horror de morir asfixiado.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Pero se diría que por algún motivo cruel que siempre escapó a mi razón, alguien o algo me estaba sometiendo a una prueba: evaluaba los límites de mi resistencia para saber hasta dónde era capaz de aguantar. Como si fuera una&nbsp; prueba de acceso a la vida, un proceso selectivo. La prueba de fuego que me inmunizaba, y me&nbsp; facultaba para afrontar con garantías las dificultades que me deparaba la vida. Pero también, para adquirir los compromisos que&nbsp; ya estaban programados desde el día en que nací.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>El fétido olor agridulce que impregnaba la alcoba, fue el penúltimo recuerdo del primer recuerdo de mi vida. El último, fue el sonido cadencioso de unos pasos que se acercaban por el estrecho y oscuro pasillo. Este recuerdo, me acompañó mi vida longeva y el motivo por el que pude contarlo aunque nunca lo hice, sólo lo comprendí el día que abandoné éste mundo. Vuestro mundo, al que ya no pertenezco y al que nunca volveré.</strong></p>
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<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><a href="http://wp.me/p9jMRR-9J">Capítulo 3 "Nochebuena de 2051 Cómo me fui".</a></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
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		<title>Capítulo 1 Nochebuena de 2051 Me fui</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tito Garraf]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Nov 2018 12:13:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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					<description><![CDATA[<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>De pronto tuve la sensación de que ya no me gobernaba, que no me pertenecía, de que algún ente ajeno y supremo me relevaba en las riendas y me concedía, indulgente, una última prórroga para darme tiempo a entender que aquello era el final, que a mis noventa y un años mi hora había llegado, y que aquellos momentos eran puro regalo porque hacía ya un rato que no me correspondían.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>En mucho menos de un segundo supe que me iba, que terminaba una etapa y debía abordar la siguiente, y que si no lo hacía, nunca me marcharía del todo.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><strong>Así que me abandoné a mi suerte, y me fui con la tranquilidad de saber que no desaparecía, sino que sólo me iba: Comprimí mi vida en un instante, que abarcó todos los momentos que sólo luego supe que me había tocado vivir.&nbsp; Comprimí mi vida en un instante y en ese instante me fui. Y hoy, desde la paz de este sitio donde no hay lugar para la angustia ni razón para sufrir, me dispongo a contarles cómo se sucedieron algunos de los lances que conformaron lo que fue mi existencia.</strong></p>
<p><!-- /wp:paragraph --></p>
<p><!-- wp:paragraph --></p>
<p><a href="http://wp.me/p9jMRR-60">Capítulo 2 "El primer trauma de mi vida"</a></p>
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