Capítulo 6. Bocadillo vegetal, calzoncillos de rayón

De invierno a invierno y tiro porque me toca. De la felicidad de estrenar los patines de correas el año anterior, a la frustración del siguiente porque los Reyes no me habían traído el regalo que había pedido. Una de cal y otra de arena había aprendido ya desde mi más tierna infancia.

                En las navidades de mil novecientos setenta, el scalextric, era el juguete de moda que todos los niños querían. Las niñas pedían muñecas, cacharros de cocina en miniatura y cajas de utensilios para maquillaje, manicura o peluquería. Por aquel entonces, a excepción de los juegos de magia y las colecciones de libros de Enid Blyton  de “Los cinco y Los siete secretos”, todos los otros juguetes eran, o bien para niñas, o bien para niños. Hasta las bicicletas eran de niño o niña, según llevaran incorporada en el cuadro o no, una barra que iba desde debajo del sillín hasta debajo del manillar: Con barra, de niño. Sin barra, de niña.

                El tercer trauma de mi vida, no fue tanto por el hecho de haberme tenido que conformar con un uniforme de boy scout en lugar del Scalextric que había pedido, sino más bien por las consecuencias que acarreaba tener que quedarme con el regalo, puesto que en adelante, cada sábado por la tarde debería acudir uniformado al local de la agrupación del barrio, para participar en las actividades que allí se organizaban: una verdadera cruz que sobrellevé como pude durante dos años, hasta que me planté y dije a mis padres que se pusieran como se pusieran, yo no quería ser boy scout.

Pero durante dos años lo fui, y en el transcurso de los campamentos de verano de mil novecientos setenta y dos, se fraguó el  trauma a consecuencia del cual, durante tres años no comí bocadillos y durante más veinte no llevé calzoncillos y ahora comprenderán ustedes porqué.

* * *

A principios de julio, instalamos nuestro campamento en las inmediaciones de Castellar de n’Hug, un pintoresco pueblecito del pirineo catalán conocido por albergar en su municipio el nacimiento del río Llobregat, que como algunos de ustedes ya saben, es el más importante de los que empiezan y terminan en Catalunya y desemboca de manera discreta en el mar Mediterráneo, justo al lado del aeropuerto de Barcelona. Pirineo Catalán, Castellar de n’Hug, campamento de verano.

Llegados a un claro en el bosque, procedimos a cortar la hierba alta con nuestros machetes de montaña y plantamos en semicírculo, alrededor del tótem de la agrupación, las tiendas de campaña de estilo canadiense en las que dormiríamos las siguientes dos semanas.

Aquel año me tocaba hacer la promesa, que consistía en la celebración de una ceremonia solemne, similar a los votos que hace un monje novicio para acceder a la vida espiritual plena, o la jura de bandera de un militar. En ella, nuestros jefes, colocaban a los noveles un foulard alrededor del cuello, que certificaba que durante el curso habíamos asimilado las enseñanzas de Sir Robert Baden Powell, el fundador del movimiento Scout. Hacer la promesa, te convertía  en miembro de pleno derecho de la agrupación e implicaba comprometerte con valores tan abstractos como la lealtad, la pureza y la abnegación u otros algo más concretos como el respeto y amor a la naturaleza.

Durante los meses previos al campamento, me había preparado de forma intensiva bajo la tutela del referente que me habían asignado: un boy scout veterano que me hacía las veces de instructor, valedor, mentor y padrino, o como gusta ahora llamarlo la caterva de pseudo-psicólogos que se las dan de enterados, me hacía de coach. La verdad, es que puse mucho interés en mi formación y no sólo me aprendí de memoria los principios fundamentales de tan reputada doctrina, sino que además me esforcé en comportarme conforme a las prácticas que determinaba la norma. Nuestro lema era “ Tant com puc”, que traducido significa, tanto como pueda, que vuelto a traducir, quiere decir que teníamos que poner el máximo de nuestra parte para hacer lo que fuera. Bueno, lo que fuera no, lo que nos decían que había que hacer, puesto que también allí, como siempre ha sido en casi todas las corporaciones, colectivos o asociaciones, unos mandaban y  otros tragaban y a los nuevos nos tocaba tragar. Pero aun así, tengo que reconocer que aprendí cosas muy útiles y adopté hábitos que perduraron hasta el final de mis días, como por ejemplo, el aseo personal y la pulcritud en el vestir y el lenguaje.

Pocos días antes de la promesa, empezamos a dedicar parte del tiempo a ordenar, limpiar a fondo y engalanar las zonas comunes como la cocina de campaña, la despensa, el espacio de asambleas donde nos reuníamos cuando había que tomar decisiones conjuntas o el sitio de eventos varios, que ampliamos debidamente para acomodar a los familiares que  asistirían a la ceremonia. Al amparo de unas ramas de abeto blanco, construimos un altar con piedras planas apiladas tras el cual el mosén de la agrupación celebraría una misa. Tensamos y cepillamos la lona de las tiendas, y para facilitar a los visitantes la localización del enclavamiento en cuestión, como Google maps aún no existía, recortamos flechas de cartulina amarilla que las enganchamos estratégicamente cada treinta o cuarenta metros, en los troncos de los árboles que había desde  el aparcamiento de la carretera hasta el campamento en medio del bosque.

Todo tenía que estar previsto y en perfecto estado de revista, y nosotros, los que hacíamos la promesa, limpios, pulcros, bien vestidos y repeinados. Y todos lo estaban. ¿Todos? Casi; todos menos yo. ¿Y por qué? Pues resulta que –y permítanme retroceder en el tiempo para ponerlos en antecedentes-, durante el invierno y la primavera anteriores, la industria textil catalana incorporó un novedoso tejido producido a partir de un polímero natural: el rayón. Una fibra suave, ligera, cómoda, absorbente y de tacto similar al lino o el algodón. Los manufactureros de la época lo empezaron a utilizar indistintamente para fabricar camisetas, jerséis, pantalones, braguichuelas o gayumbos y, un servidor, al ser hijo de empresarios del sector textil catalán, hacía ya meses que por expreso deseo de su padre y su madre, usaba en exclusiva los calzoncillos del versátil y absorbente rayón. Del absorbente rayón.

No tuve problema alguno con el dichoso tejido de moda, hasta que pasada una semana de estadía en el campamento, me entró un día un hambre tal, que me impelió rescatar del fondo de mi mochila y comerme en un plis, un sándwich en mal estado de aguacate, mayonesa, tomate y atún. Y fue de tal calibre la gastroenteritis que sufrí los subsiguientes días con sus correspondientes noches, que me obligó a cambiarme de calzoncillos siete u ocho veces por día y a lavarlos sin tregua a escondidas en el río, para evitar el escrache de mis compañeros.

Era una diarrea suelta, de textura viscosa, carente de fibra aglomerante y muy pegajosa. De un marrón claro amarillento, similar al de un buen güisqui de malta reserva doce años, un Glen Grand o mismamente un Cardhu para que se hagan más a la idea. Y apestaba tanto que espesaba el aire.

Mermado por la inoportuna afección pero con el firme propósito de llegar al día de la promesa en las mejores condiciones posibles, a las actividades en grupo propias de la vida al aire libre, tuve que añadir las mías, enfocadas fundamentalmente a subsanar las consecuencias de tan tremenda colitis. Básicamente se trataba  de cuidar al máximo mi higiene, cagarme lo menos posible para economizar mudas y evitar a toda costa que mis compañeros me vieran lavándolas.

De manera que mi jornada comenzaba levantándome con sigilo poco antes del toque de diana, para dirigirme al río a lavar los calzoncillos del día anterior y ponerlos a secar camuflados por las ramas de los árboles de los alrededores. A media mañana, cuando calculaba que ya estarían secos, me zafaba del grupo con cualquier excusa y deshaciendo el camino del río, los recuperaba metiéndolos en un zurrón de lona gris con hebillas metálicas y correas de cuero, que no levantaba sospechas por ser muy común entre la clase progre de la época y en especial los scouts. Por la tarde lo mismo: a la hora de la siesta, con el pretexto de ir a estirar un poco las piernas, volvía al recodo del río a frotar con ahínco y esmero, las manchas que de antemano, por culpa de lo absorbente del dichoso rayón, sabía que no  podría eliminar por completo, aunque sí disimular hasta que se confundieran con el color que por frotamiento reiterado, adquiere una prenda cuando se usa en exceso. Evacuar, lavar, secar, recoger y volver a evacuar cerrando el círculo que se repetiría, hasta que decidieran mis intestinos, el virus completara su ciclo, o me hartara de lavar calzoncillos.

Cada vez quedaba menos para la celebración de la de la promesa y yo pensaba que si persistía en mis quehaceres diarios, podría asistir a la magna ceremonia con el margen suficiente para, por lo menos, hacer los votos vistiendo una muda limpia y teniendo un par más de repuesto para llegar hasta la noche. Pero mis aspiraciones se vieron truncadas cuando dos días antes, en el transcurso de otra de las  fastidiosas yincanas que se celebraban a días alternos, un grupo de scouts interpretó como una pista que formaba parte del juego, unos calzoncillos blancos colgados de un pino. Parece ser que pensaron que el original bodegón, era la señal inequívoca que les conduciría a la obtención del trofeo de ganadores: un tarjetón  sellado para repetir de macarrones al mediodía.

– Están colgados con el camal señalando al Noroeste– proclamó uno de ellos-. Tenemos que ir en esa dirección, ¡está clarísimo! Vamos, seguidme, no perdamos tiempo-. Y ni cortos ni perezosos, los chavales se fueron en dirección Noroeste dispuestos a andar los kilómetros que hiciera falta en busca de la visa para los macarrones. Y a mí, que para no ser descubierto me había escondido detrás de las ramas del pino, como es natural, no me salió de las narices decirles que se equivocaban, que si continuaban en esta dirección, se plantarían a media tarde en las pistas de esquí de La Molina, y que por descontado se quedarían sin los anhelados macarrones. “Vaya trofeo roñoso”, pensé: “repetir de macarrones”. Así que nada, dejé que  los chicos se marcharan y me incorporé disimuladamente a otra de las patrullas  que también participaban en el juego y caminaba en sentido contrario.

Pero terminada la yincana, durante el recuento de la hora de comer, faltaban los seis chavales que habían seguido la pista falsa, y los monitores, muy preocupados, decidieron hacer una batida por el bosque para encontrar a los compañeros perdidos.

– Vosotros buscad desfiladero arriba hasta llegar a la cumbre – ordenaba a voces uno de ellos- Y vosotros, en abanico recorriendo el valle hasta el pueblo. Los que quedáis, formad otro grupo y buscad rio abajo hasta la laguna. No pueden andar muy lejos, hay que encontrarlos cuanto antes, los macarrones fríos no valen nada. De modo que como me tocó el grupo que tenía que seguir el río, pensé que los guiaría hasta los calzoncillos tendidos y luego ya me las arreglaría para convencerlos de que siguiéramos buscando hacia el Noroeste. Más tarde o más temprano daríamos con ellos, seguro.

Poco antes de llegar al remanso del río, fingí darme cuenta de que de la rama de un pino pendían unos gayumbos.

-¡Fijaos!- alerté – Estoy convencido de que han seguido esta pista, hagamos lo mismo, mi lógica me dice que es por aquí- Aparté a mis compañeros, me coloqué el primero y apuntando con el índice al cielo, bajé el brazo de una sacudida cual tenista ejecutando un saque para match ball y grité  ¡Adelante!

Recorridos tan solo unos metros, otro de los scouts corroboró mi acertada decisión, haciéndonos notar que más adelante colgaban de otra rama unos segundos calzoncillos orientados al Noroeste también, cosa que me dio que  pensar si habría alguna razón de peso o yo mismo acarreara algún trauma insospechado, que pudiera haber influido a la hora de poner a secar los eslips con el camal apuntando hacia Andorra, es decir, al Noroeste. Pero el pensamiento duró instantes y como estaba convencido de que siguiendo estas pistas pronto daríamos con los muchachos, decidí seguir liderando el grupo i guiarlo hasta la última arboleda donde de buena mañana había puesto a secar el resto de mi ropa interior.

Y sí, allí encontramos a los chavales hurgando entre la maleza, convencidos de que el círculo que dibujaban los siete calzoncillos restantes, colgando de siete ramas de siete pinos, constituían la pista definitiva con la que culminaba el juego y determinaban, inequívocamente, el perímetro en el que estaba escondido el tarjetón sellado.

-!Eeeh, eeeeh, eeeeh!- Proferí a voces al verlos a lo lejos- dejad de buscar. Hace ya mucho rato que la yincana ha terminado. Todo el mundo os anda buscando, nos teníais muy preocupados.

– ¿Dejarlo? ¡Y un rábano mequetrefe!- me contestó airado el más veterano de la patrulla- Nosotros somos un equipo ganador, nunca nos rendimos. ¿Te crees que abandonaremos ahora teniendo a tocar la victoria? Anda, largaos y decid a los monitores que  sólo regresaremos para demostrar que hemos ganado.

– ¿Que nos larguemos? ¡Pero si os hemos venido a rescatar! No tenéis ni idea de la que habéis liado, ni dónde estáis ni tampoco dónde vais. Venga seguidnos y regresemos al campamento a tiempo, antes de que den parte a las autoridades y se organice la de dios es cristo.

No sin el tarjetón sellado- insistió.

Os equivocáis, aquí no termina la yincana ni tampoco hay tarjetón que valga- le recriminé advirtiendo de inmediato que acababa de cometer un  error al decirlo.

– ¿A no? ¿Y tú cómo lo sabes?

– Mmmm bueno, me lo parece, no lo sé -rectifiqué-. Lo que sí sé, es que todas las patrullas os están buscando y antes de que la guardia civil, los agentes rurales y voluntarios del pueblo organicen una batida de emergencia, hay que informar de que estáis sanos y salvos. Lleváis más de una hora extraviados. Habéis perdido la noción del tiempo ofuscados por una victoria más simbólica que otra cosa, porque no me negaréis, que un miserable plato de macarrones es nimia recompensa en comparación con el  tiempo y el esfuerzo que le estáis dedicando.

– ¡Cállate mamarracho!- contestó de malas maneras el arrogante boy scout-. Que sabrás tú del valor de la pasta italiana.

Los segundos de silencio que sucedieron al desafortunado improperio, nos parecieron a todos eternos. Sólo se oía el murmullo de las hojas de los árboles danzando a merced de la suave brisa pirenaica, el del agua riachuelo abajo algo más lejos y ya a lo lejos del todo, el repicar intermitente de un pájaro carpintero que, ajeno a nuestra presencia, bien por ignorancia o por expresa inhibición -eso nunca lo supe ni tampoco viene a cuento-, decidió que aquel soleado día de julio, era el adecuado para  complacer a su pareja y abordar una pequeña reforma que hacía tiempo que le venía pidiendo: agrandar un poco más la entrada del nido para que entrara más luz, y hacer espacio a los cuatro polluelos que en breve vendrían al mundo. Toc, toc, toc. Silencio. Toc, toc. Silencio. Toc, toc, toc, toc y así todo el rato hasta que a uno de los scouts se le ocurrió preguntar.

– ¿La guardia civil? ¿Agentes rurales y voluntarios de Castellar de n’Hug? ¿De qué estás hablando? ¿Entonces es verdad que todo el mundo nos busca?

¡Pues claro! Venga, volvamos sin más dilación, el tiempo se nos echa encima.

– Está bien, volveremos con vosotros, pero aportando las  pruebas de que hemos llegado hasta aquí. Chicos –ordenó el cabecilla-, recoged los calzoncillos, nos los llevamos.

– ¡Así se habla!- le alentaron sus compañeros. Y sin pensarlo dos veces, fueron descolgando uno a uno, cada uno de los siete calzoncillos que pendían de las siete ramas de los siete pinos  distintos.

Estupefacto por lo que estaba viendo, asumí de inmediato que casi con toda probabilidad me tocaría hacer la promesa quito de ropa interior. Y resignado, me dispuse a encabezar la expedición de retorno, cavilando si quizás podría encontrar la manera de recuperar ni que fuera alguna de las prendas, sin que nadie  se enterara. Pero si algo estoy aprendiendo aquí –pensé-,  es a no arredrarme ante nada y a superar los contratiempos por dificultosos que sean con serenidad, coraje, arrojo y ante todo dignidad. De manera que pase lo que pase, será lo que tenga que ser, yo la promesa la tengo que hacer.

Y así fue, puesto que el día de la regia ceremonia, vistiendo tan sólo botas y calcetines de montaña, pantalones cortos de pana azul y camisa gris de algodón, me comprometí públicamente  a hacer todo lo que de mí dependiera, para ayudar al prójimo y cumplir con los preceptos de un buen boy scout. No recuerdo exactamente el enunciado original, pero más o menos empezaba diciendo: “Yo, Tito Garraf, vecino de Barcelona y actualmente pasando unos días de campamento en el pintoresco pueblo de Castellar de n’Hug, por voluntad propia y en plenas facultades mentales, (cosa que más tarde se demostró incorrecta), prometo cumplir con los preceptos que estipula la ley del scout, respetando y ayudando a todo el que… Y fue en el momento que  decía “el que” cuando noté un corrido de intensos espasmos intestinales que me hicieron temer lo peor. Así que que no tuve otra alternativa que terminar precipitadamente el  juramento, hacer el saludo scout y salir disparado hacia el bosque con el tiempo justo para agazaparme detrás de unos  acebos, relajarme, y dar sonora rienda suelta a mis tripas. Listo, pensé. Promesa hecha y por el momento aliviado, prosigamos. Pero ya en pie, subidos los pantalones y abrochado el cinturón, tomé consciencia de la delicada situación en que me encontraba, teniendo en cuenta que cuando regresara de mi fugaz escapada, no sólo sería conveniente explicar la razón por la qué me piré de repente, sino que habiendo hecho la promesa estaba irremisiblemente obligado a ello.

Fue la particular inspiración que poseen únicamente mentes creativas y lúcidas como la mía -que por cierto, conservé hasta el mismísimo día que abandoné el mundo-, la que me asistió de súbito, ofreciéndome cuatro desenlaces posibles para que escogiera el que más me conviniera. A saber:

  1. Desaparecer.
  2. Ir presto y directo a recoger todas mis pertenencias, meterlas en la mochila y bajar hasta el aparcamiento de la carretera para esperar en el coche a que llegaran mis padres. O sea, desaparecer también, pero no por arte de magia sino de manera ordenada.
  3. Ahorrarme las explicaciones, apartarme unos metros de los acebos y revolcarme de dolor por el suelo fingiendo que me había picado un  tábano, un escorpión o una víbora.
  4. Regresar  a la zona de ceremonias, hacer el saludo scout y reincorporarme al grupo como si nada.

Y mientras evaluaba cuál era la mejor de las opciones, escuché desde lo más profundo del bosque, el eco de mi nombre que se reproducía cada vez más veloz pero también más débil, escueto e intrascendente. Titooooooo, Tito, Tito, Tito, Tito, Tito… Me quedé inmóvil. No supe qué hacer ni tampoco qué decir: si contestar preguntando quién me llama, o responder que no está, que ha salido a por un encargo y me ha dicho que les diga que se va a retrasar. Titooooooo, Tito, Tito, Tito, Tito, Tito… Pasados un par de minutos, habiendo escuchado más de cien veces mi nombre, reconocí a uno de nuestros monitores que asomaba la cabeza por detrás de unas ramas y escrutándome de arriba abajo me preguntó.

– ¿Estás bien? ¿Sigues indispuesto o ya te encuentras mejor?

Se me vino el mundo encima. Me estremecí, no sólo ante la evidencia de que ya se conocía mi estado, sino además, por la incógnita de no saber desde cuando se sabía, de los días que hacía que mis esfuerzos eran infructuosos y por lo tanto en balde, y del tiempo que llevaba engañado pensando que era yo el que engañaba. Pero sobre todo, por lo ridículo de haber estado ocultando algo de lo que todo el mundo ya estaba al caso.

– ¿Desde cuándo lo sabéis? ¿Por qué no me habíais dicho nada? ¿Por qué ahora?- pregunté con voz trémula, pausada, casi susurrando – ¿Por qué ahora?- Repetí.

– Escucha Tito – empezó el monitor- Yo también fui boy scout. Ahora soy monitor y los que llevamos tiempo en esto podemos reconocer a la legua cuando un chico está bien o está mal, es nuestro trabajo. Hace días que sabíamos lo que te pasaba, lo comentamos entre nosotros y viendo que no nos decías nada, pensamos que lo mejor sería observarte a distancia y esperar a que nos pidieras ayuda cuando tú decidieras. Acordamos, eso sí, asegurarnos de que nada grave te ocurría y decidimos indagar dónde ibas y qué es lo que hacías cuando te escabullías del grupo. Hicimos turnos para seguirte por las mañanas y también por las tardes: cuando volvías a por la ropa seca que habías lavado en el río. Observamos tu preocupación, tu padecimiento, pero también  advertimos tu gran fortaleza y respetamos la determinación que tomaste de superar en solitario el trance. Discretamente, con templanza pero también con audacia y arrestos. Te dejamos hacer, y nos preguntábamos hasta cuando podrías o querrías ocultar lo mal que lo estabas pasando. ¿Sabes? Algunos de nosotros incluso apostamos a que no llegarías a hacer la promesa. Pensábamos que más pronto que tarde te darías por vencido y nos pedirías socorro. Y cuando esto ocurriera, allí estaríamos nosotros para ayudarte, para reconfortarte o simplemente para estar a tu lado. Pero nos equivocamos: pasaban los días y no te rendías, y cada día que pasaba nos sorprendía más tu tesón, tu firmeza y tu empeño. No desfallecías, no mostrabas signos de debilidad. No abandonabas, no abandonaste. Empezamos a pensar que en tu actitud subyacía algo mucho más profundo que la simple vergüenza o el temor a la burla. Algo que te impulsaba a seguir adelante,  te comprometía contigo mismo y añadía a tu natural valentía, el punto justo de amor propio que corrige al orgullo y lo convierte en virtud. Podías haber abandonado, decir que te encontrabas mal, que te lleváramos al médico para que te mandara a casa o que vinieran a buscarte tus padres. Hubiera sido más fácil y todos lo hubiéramos comprendido. ¿Dónde está Tito? preguntarían tus compañeros. Y nosotros, les diríamos que te habías encontrado mal y que aun no siendo nada grave, el médico, por precaución te había mandado a casa. Podías haberlo hecho, sí,  pero no lo hiciste. Decidiste seguir, ponerle coraje al asunto y culminar tu misión: hacer la promesa de scout. Veíamos que sufrías, Tito, pero tú  ya te habías trazado un camino; particular, exclusivo, independiente.  Quiero que sepas, que para nosotros, tu actitud no ha sido sólo un ejemplo sino una lección que damos por bien aprendida y que en adelante practicaremos. Porque la promesa que hace un rato que acabas de hacer, hace ya días que la venías cumpliendo y eso le confiere un valor añadido; el valor de la acción, de lo que haces por encima de lo que dices que te comprometes a hacer. El valor de las obras, que siempre fueron, van y pasarán por delante de cualquier declaración de intenciones, de cualquiera de las promesas. Gracias Tito – continuó- Mente abierta, oído cocina. Ven conmigo, regresemos con tus compañeros, con sus padres, con sus madres y con los tuyos, que a buen seguro estarán tan orgullosos de ti como todos  nosotros lo estamos. Vamos.- Y pasándome el brazo por detrás de la espalda caminamos juntos hacia el corro donde nos estaba esperando  la gente.

Mientras nos acercábamos, se oyó la voz de uno de mis compañeros que no recuerdo bien si dijo  “tan com puc”“sempre a punt”. Da igual, porque lo importante no es lo que dijo sino lo que sucedió después: Se abrió el corro para dejarnos paso y el monitor me exhortó a que me quedara en el centro e hiciera el saludo scout, cosa que hice porque él me lo dijo. Pero como después no sabía cómo seguir, no se me ocurrió otra cosa que romper el silencio gritando alto y fuerte  “ Tan com puc, sempre a punt”. A lo que el grupo me respondió al unísono de la misma manera  “Tan com puc, sempre a punt”. Y yo, como seguía igual de pasmado allí en medio, volví a repetir  “Tan com puc, sempre a punt” y el grupo me respondió otra vez lo mismo. Y así varias veces hasta que desde las últimas filas del público que presenciaba la ceremonia, arrancó el aplauso solitario y pausado de un padre, al que poco a poco se fueron sumando más padres, más madres, los  monitores y finalmente todos mis compañeros. “¡Viva, sempre a punt, tan com puc!” se oía de vez en cuando entre los aplausos cada vez más sonoros y generalizados. De pronto, de no se sabe dónde, aparecieron planeando unos calzoncillos limpios que a modo de paracaídas, descendían balanceándose de camal a camal hasta quedar perfectamente encajados en la cabeza del mosén. Más risas, muchas risas y muchos aplausos y el mosén, indulgente, se descubrió la cabeza y agitó los eslips a la vez que repetía «Tan com puc, sempre a punt, ara sí.» Y se conoce que «ara sí«, era la señal convenida para que el resto de los presentes, cual promoción de universitarios lanzando sus birretes al aire el día de su graduación, hicieran lo mismo con sus mudas de repuesto. Así que de repente, el cielo se cubrió  de calzoncillos, camisetas, toallas y un rollo de papel higiénico que quedó enredado entre las ramas de un pino. La alegría era desbordante y la creciente felicidad parecía que no llegaba a su fin, puesto que cada instante, superaba al anterior en intensidad y esplendor y retrasaba un clímax que se iba acercando pero que nunca llegaba. 

Pero llegó, claro que llegó, después de que mis compañeros me mantearan y abrazaran, los monitores me felicitaran, y de que mi madre, que desde la distancia me observaba junto al mosén, me saludara tímidamente levantando la mano como si la cosa no fuera con ella; dejándome espacio para saborear aquellos momentos que por irrepetibles, ella entendió que sólo me pertenecían a mí.

– ¿Sabes hijo?- Se acercó a decirme mi padre- La semana pasada, en la reunión de la  comisión técnica de la empresa, decidimos retomar la fabricación de calzoncillos de algodón. Por lo visto, el rayón es un tejido demasiado absorbente y da problemas con el lavado a mano, así que ya ves, cuando una cosa funciona  mejor no tocarla, no hace falta innovar. Y dándome unos golpecitos en la espalda, lo que empezó con una incipiente sonrisa, lo convirtió en sonrisa y lo terminó a carcajadas. “A buenas horas mangas verdes” pensé. “Vaya, me alegro, si lo dice la comisión técnica…” le contesté sin mirarlo, forzando una más que leve sonrisa.

– Anda ve a darle un beso a tu madre que está deseando achucharte- continuó, al tiempo que se agachaba y me pellizcaba suavemente las mejillas- Está orgullosa de ti, ¿sabes? Y yo también, los dos lo estamos-. Por un momento, dudé si sus ojos humedecidos eran fruto del ataque de risa que le acababa de dar o de otro de ternura, que viniendo de mi padre parecería en principio improbable, pero no del todo imposible.

Me abrí paso entre la multitud para acercarme a mi madre. Necesitaba más. Me faltaba la guinda del pastel: compartir mi alegría con la persona que más se lo merecía, con la que más feliz se sentía. Así que con una sonrisa de oreja a oreja, empecé a caminar hacia donde ella me esperaba fijando mi mirada en su rostro y dejándome querer por la suya. Tocaba relajarme, bajar del cielo a la tierra y sumergirme de nuevo en  la realidad. Realidad, he dicho realidad. Aunque para ser sincero y exacto debería decir, “la dura realidad”. Ya que el final de la secuencia no fue el que cabría esperar, puesto que  instantes antes  de fundirnos en el más tierno de los abrazos, otro súbito retortijón me obligó a apretar el paso, el culo y a cambiar de dirección dejando de lado a mi madre, pasar de largo al mosén, y a concentrarme únicamente en encontrar presto un refugio discreto donde volver a agacharme y volver a cagar. Cosa que hice por enésima vez después de haberme zampado aquel maldito sándwich de aguacate, mayonesa, tomate y atún, y pocos momentos antes, ahora sí,  del intenso achuchón que se merecía mi madre y que yo necesitaba.

-Se acabó, mamá. Ya os dije que no quería ser boy scout– le susurré a la oreja rodeando con mis brazos su cuello.

– Ya lo eres. Has hecho la promesa, ¿recuerdas? Aunque después de todo lo que has pasado yo diría que te mereces un buen descanso.

– ¿Y papá? ¿No me obligará papá?

– La promesa es irreversible, Tito: no hay marcha atrás. Cuando la haces pasas a formar parte de un  grupo con el que compartes los mismos valores y los lazos perduran por mucho tiempo que pase. –oí que decía mi padre desde detrás- Aunque como bien dice tu madre, me parece que te has ganado una bula. No creo que tus jefes tengan nada que objetar si les informo de que regresas con nosotros a Barcelona. Después de todo, según me han contado ellos mismos, lo que has prometido hace un rato, hacía días que lo venías cumpliendo. Así que venga, recoge las cosas que nos vamos a Barcelona ¿A Barcelona? ¡Qué digo! Castellar de n’Hug no queda tan lejos de la Costa Brava. Conozco un restaurante en El Port de la Selva donde hacen el mejor arroz de pescado del mundo. Se llama “El mejillón tolerante”. Como aún no se han inventado los teléfonos móviles, no podremos avisar para que nos reserven mesa, pero el dueño es amigo mío y seguro que nos encontrará un hueco. Tenemos tiempo de sobra para tomarnos un baño y comer.

– Y quedarnos el fin de semana en un hotelito hasta el lunes- apuntilló mi madre.

– De acuerdo, y quedarnos en un hotelito. En un hotelito barato, muy baratito- respondió condescendiente.

– ¿Lo prometes?-Lo prometo, mujer, lo prometo, yo nunca miento. Y el lunes recogemos a tus hermanas y empezamos las vacaciones juntos, en familia, como deben de ser unas buenas vacaciones.

– Sáltate el primer paso papá – se me escapó en un tono rayano a la repelencia. -No prometas, pasa directamente a la acción, yo lo he hecho y ya ves como he triunfado.

– Anda hijo, vete haciendo la mochila que yo mientras voy a hablar con los monitores. Les diré  que el boy scout  ejemplar, el valeroso, el de la diarrea, se va con sus padres a un hotelito de la Costa Brava. Que por el momento no tiene intención de prometer nada más y que ya veremos si de cara al año que viene, seguirá viniendo o lo deja. Como los lazos duran por mucho tiempo que pase, igual no hace falta que vuelvas. Te lo has ganado sabihondo. ¡Venga, espabila!

Tan com puc, sempre a punt-  exclamé antes de salir disparado hacia la tienda de campaña a recoger mis cosas.

* * *

Siempre me sedujeron en vida, las historias que terminaban bien: cuentos, novelas, películas o cualquier narración que acabara de manera redonda, honesta, relajada y feliz, sobre todo feliz. Me tranquilizaba constatar que al final, los malos siempre reciben su merecido, y los buenos su justa recompensa. Ya ven, caprichos que uno tenía, manías si quieren que ya no me valen, porque ahora soy yo el que las cuento, y cuando comienzo a explicarlas  se de sobra cómo concluyen porque me sucedieron a mí. He aquí  el desenlace, el último plano de un cortometraje donde el mal no estuvo presente pero sí el sufrimiento. Donde se sucedieron  los hechos de forma imprevista, pero no inverosímil. He aquí el predecible final de una peli como las que a mí me gustaban, y me siguen gustando aunque ya no las vea, aunque ya no las viva.

Exterior día. Plano general del monte bajo del pirineo catalán. Alrededores de Castellar de n’Hug.

Los rayos del sol de mediodía se cuelan entre las ramas de la espesa arboleda de abetos. Un padre, una madre y su hijo que carga a la espalda una mochila más grande que él, se alejan por el sendero que conduce a la explanada donde tienen aparcado su coche. Se les ve a los tres contentos, dichosos. A lo lejos, se oye el bullicio de mayores y niños, el repicar amable de un pájaro carpintero y el alboroto del agua de del río precipitándose entre las rocas, desde la cumbre de las montañas.

Hasta nunca boy scouts.

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